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RUTHTOLEDANO |
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Ruth Toledano |
Escritora y periodista. |
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Sobre las declaraciones de Joaquín Sabina contra los antitaurinos. |
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Sobre la liberación de visones de granja en Galicia y los animales para peletería. |
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Sobre el alanceamiento del Toro de la Vega en Tordesillas. |
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Sobre la Asociación Taurina Parlamentaria. |
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Sobre el acoso a los gatos por los gerentes del Canal de Isabel II.
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Sobre la defensa de los derechos de los animales |
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Sobre la perrera de Cantoblanco de Madrid |
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Sobre la modificación del Código Penal, la I CIPLAE y el apoyo a la protección animal
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Sobre la información taurina en los medios y sobre lo que no se informa.
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Sobre el uso de animales en los experimentos de laboratorio
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Sobre las corridas de toros y el libro "Antitautomaquia" de Manuel Vicent.
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Para enviar justificante, necesitamos. |
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ARRANCAR LA PIEL |
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El País - 16 noviembre 2007
La llegada a Madrid de Rebecca Aldworth fue una bocanada de aire fresco. En un miércoles agitado por un viento sorpresivo aunque al fin invernal, se diría que la directora en Canadá de The Humane Society traía consigo temperaturas árticas. Pero mientras Matilde Figueroa, responsable de Prensa de la Fundación Altarriba, y yo misma nos encogíamos de frío por Cedaceros, Aldworth se encaminaba hacia el Congreso acariciada por lo que, sobre la piel desnuda de sus brazos, aparentaba una agradable brisa de verano. Hay quien la considera un ángel. Y pudiera serlo: una cortina de pelo rubio y lacio cae a lo largo de su espalda sin invadir jamás la tersura de su sonrisa, y camina decidida, pero con una levedad que parece aprendida de pisar por el hielo y acostumbrada a una suerte de ubicua clandestinidad. Viene de un infierno que no es negro y ardiente sino gélido y blanco. Cada año desde hace nueve, y con el objeto de documentarla con su cámara, Rebecca asiste a la matanza de bebés foca en la costa este de Canadá. Durante los últimos tres años, más de un millón de crías han sido asesinadas para arrancar su piel con una crueldad de la que Aldworth es testigo. Desde una zódiac, poniendo en peligro su pellejo frente a la intimidación de las autoridades y las violentas amenazas de los cazadores, asiste en la escena del crimen a una carnicería que le ha robado para siempre el sueño. No lo aparenta. Su aspecto saludable exhala una belleza cuyo origen se sospecha de naturaleza moral.
La otra noche, en ese producto de consumo televisivo que la Cuatro ha titulado Supermodelo 2007, las supuestamente guapas concursantes llevaron a cabo un desfile con pieles. Una belleza robada, inmoral, cuya procedencia deberían conocer productores, diseñadores, directivos de la cadena, anunciantes y espectadores. Rebecca Aldworth la conoce (cualquiera puede hacerlo en www.protectseals.org): las crías de foca indefensas, de entre dos semanas y tres meses de vida, son asesinadas a golpes y arrastradas de un gancho antes de ser desolladas. Sin embargo, y según informes de veterinarios independientes en el 42% de los casos no existe prueba suficiente de daño craneal que garantice que estuvieran inconscientes o muertas en el momento de la desolladura. O lo que es lo mismo: a casi la mitad de esos bebés se les arranca en vivo la piel que después adornará los cuellos de iconos de las pasarelas de la moda, de respetadas personalidades de la vanidad social o de fútiles concursantes de televisión.
La visita de Aldworth tiene como objetivo pedir al Gobierno que rechace el mercado de productos de foca, algo que ya han prohibido Holanda, Austria, Bélgica, Croacia, Italia, México o Estados Unidos y cuyo proceso está en marcha en Reino Unido, Francia y Alemania. La Unión Europea aprobó en 2006 una resolución histórica que solicitaba la prohibición de productos de foca, con el apoyo récord de 425 miembros del Parlamento Europeo (entre ellos, muchos españoles), y la Comisión Europea está valorando los aspectos de esta cacería; sus conclusiones podrían conllevar una prohibición global en la UE. También en 2006, el Consejo de Europa aprobó un llamamiento a los 46 países miembros para que promovieran esta prohibición y el diputado Francisco Garrido, de Los Verdes (Grupo Socialista), ha presentado por segunda vez al portavoz Diego López Garrido una Proposición No de Ley para su debate en el Congreso.
El frío miércoles pasado, el Ministerio de Medio Ambiente garantizó a Aldworth y a Figueroa que su informe sería favorable ante Comercio, aunque no se comprometió a una acción para prohibir la matanza de focas. Altarriba (www.altarriba.org) realiza una ronda de contactos parlamentarios para recabar apoyos a una ley deseable antes de las elecciones. Sería un gesto en protección animal que dignificaría a este Gobierno y lo situaría una vez más a la cabeza del progreso mundial. Quizá Aldworth recuperaría así parte de su sueño y el frío nos parecería una brisa estival. Una brisa moral.
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KALE BORROKA |
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El País - 7 septiembre 2007
El cantante Joaquín Sabina publicó hace unos días en este periódico un panegírico del matador José Tomás en el que dice así: "Estuve en la Monumental, del brazo de Serrat, soportando en trance la kale borroka antitaurina la tarde de su ruidosa reaparición". Como el cantante Sabina tiene (o quizá tuvo) muchos seguidores de sus letras y comparte con el matador de Galapagar mucha cobertura mediática (el panegírico ocupaba una página completa, a la que hay que sumar las que ocupa el profuso seguimiento de las actividades de ése y otros matadores), conviene responder a su atrevimiento: su fama no puede justificar su, llamémosla, confusión ni ser carta blanca frente a los lectores. Sabina define la protesta antitaurina como kale borroka, lo que significa confundir con violencia el derecho constitucional de manifestación y concentración ciudadanas. Sorprendente. La kale borroka, tal como la entiende nuestro imaginario común, persigue la desestabilización del sistema a través de la agresión callejera y el enfrentamiento incontrolado: quema de mobiliario público, rotura de escaparates, vuelco de autobuses, lanzamiento a las fuerzas policiales de objetos contundentes y artefactos explosivos, carreras, amenazas. En el País Vasco se identifica con la antesala del terrorismo etarra.
La protesta antitaurina, por su parte, persigue el cambio del sistema que maltrata a los animales y se ejerce de forma pacífica, haciendo notar su presencia sin recurrir a la violencia: convocando a los afines, coreando los eslóganes pertinentes, portando pancartas alusivas. Nada que no conozca o practique cualquiera que haya participado de una legítima protesta ciudadana; muchos de los que conocen y apoyan a Sabina, sin ir más lejos. Y nada, ni mucho menos, que ver con el cóctel mólotov que el propio Joaquín Sabina lanzó en Granada contra una sucursal del Banco de Bilbao en 1970 y que le llevó a su romántico exilio en Londres. Sin embargo, yo jamás me atrevería a llamar kale borroka a su lucha antifranquista. Eran otros tiempos y él, un cantante protesta.
En estos tiempos, mal que les pese a antiguos subversivos o a viejos revolucionarios, hay quienes creemos que debemos seguir luchando. Ya no contra el Proceso de Burgos, gracias a tantos que lo hicieron valientemente antes que nosotros, pero sí, entre otras causas, contra lo que también consideramos procesos: los que se abren y cursan contra los animales. Injustos, porque los procesados son inocentes, y extremadamente crueles, dado el sufrimiento que se les inflige. Si el dictador fue antaño la ruindad que nos acompañaba fuera de nuestras fronteras, hoy es la taurofilia lo que horroriza y provoca desprecio. Nuestra mayor vergüenza. Acosar y torturar a un animal hasta la muerte no tiene justificación moral ni puede confundirse con el arte. Dice Sabina que sólo le queda una adicción: el matador José Tomás. Habló con propiedad. Porque, como bien sabemos, toda adicción genera, en mayor o menor medida, violencia hacia los demás: la adicción alcohólica destruye familias y hace correr mucha sangre (cuánto crimen machista viene anegado en sol y sombra), la adicción cocainómana levanta la mano y deja caer golpes sobre lo que encuentra cerca (cuánto bebé maltratado es su escalofriante víctima). Aunque, en última instancia, el alcohólico o el cocainómano puede quedarse solo con ella, con su adicción. Por su parte, la adicción taurófila convierte a los toros en sus víctimas, pero además las necesita para persistir. Y trata de sublimar su dolor (lo sabotea, lo ignora) con poéticas sobre la sangre. Una egoísta y perversa adicción.
Los antitaurinos estamos en contra de ese abuso, sencillamente. Y la taurofilia española va más allá del coso estrella. A su alrededor se producen cientos de festejos populares donde se maltrata a toros y vaquillas que son quemados, ensogados, rajados, cegados, destripados, ahogados. En Tordesillas (Valladolid), y con el beneplácito institucional y mediático, el tristemente célebre Toro de la Vega es alanceado hasta la extenuación y la muerte por hombres que lo persiguen a caballo. Pero la víctima de este año, de nombre Jaquerito, no estará solo. Como en años anteriores, el próximo domingo día 9 muchas personas llegaremos allí en autobuses a protestar, legítima y pacíficamente, contra ese terror. Y cada vez somos más (de ahí la campaña del cantante Sabina y los suyos). Aunque la policía tenga que protegernos de los insultos, de las amenazas, del lanzamiento de objetos contundentes, de los agresivos infiltrados. De la kale borroka taurina.
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¿QUIENES SON LOS CRIMINALES? |
¿Quienes son los criminales? |
El País - 18 octubre 2006
Respecto a la liberación de visones llevada a cabo en Galicia, quisiera puntualizar algunos términos. Las personas que llevaron a cabo la acción no son "supuestos ecologistas", sino presuntamente animalistas. Mientras que ciertos ecologistas se mantienen al margen de la lucha por los derechos de los animales no humanos, éstos son el objetivo de los animalistas aunque no todos los animalistas apoyan estos métodos.
Hay quien considera "criminales" a quienes han liberado a los visones, pero no se pronuncian frente a quienes los mantienen en cautividad en las granjas peleteras en jaulas minúsculas donde no pueden moverse, por lo que, extremadamente sensibles enloquecen de estrés, se autolesionan y llegan a comerse a sus crias. Su vida es un infierno lleno de tormentos. Para matarlos les retuercen manualmente el cuello, los encierran en cajas con monóxido de carbono donde la muerte por asfixia puede durar 30 minutos o se les inyecta un narcótico en el corazón aunque no siempre se atina a la primera. Tienen suerte porque a las focas o a las ovejas de astrakán se las despelleja en vivo para no estropear su piel.
Todo ello para hacer cosméticos o abrigos que cubran espaldas humanas adineradas.
Esas granjas son los lugares que sus responsables llaman "centros de investigación genética".
Como Mauthausen. ¿Quiénes son los criminales?.
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Cuestión de huevos |
Cuestión de huevos |
El País - 15 septiembre 2006
Cuando salimos de Madrid no sabíamos que dos de nosotros regresarían heridos. Eran las ocho de la mañana de un luminoso domingo de septiembre y decenas de personas pacíficas, heridas de antemano en nuestra sensibilidad, nos quitábamos las legañas de la pereza moral para subirnos en varios autocares que nos esperaban en la plaza de Colón (el del huevo). Convocados por el PACMA (Partido Antitaurino Contra el Maltrato Animal) y múltiples asociaciones animalistas de todo el Estado español, madrugamos dispuestos a manifestar nuestra repulsa por la forma en que algunos se divierten en las fiestas populares de esta piel de toro desollado. Nuestro destino, Tordesillas, provincia de Valladolid. Su fiesta, el Toro de la Vega, consistente en soltar a un pobre toro por el campo (el de este año, de nombre Rompesueños), al que persiguen cientos de jinetes que, armados con lanzas, intentan conducirlo hasta el prado de Zapardiel alanceándole sin descanso ni compasión, hasta que la víctima de esa jauría humana cae rendido a desgarros, desfallecido de terror y dolor.
El cobarde que le ha propinado la lanzada definitiva tenía el derecho, hasta hace bien poco, a cortarle los testículos y regresar al pueblo, héroe diabólico, con tales despojos colgados de su lanza a modo de criminal trofeo. Cuestión de huevos. Aunque nos consta que siguen haciéndolo, incluso cuando el torturado aún no ha exhalado el último aliento liberador, dicen los cínicos que ahora ya no se les permite cortar esa parte de su martirizado cuerpo, que ahora sólo es el rabo lo que le mutilan. Qué detalle torero. Qué vergüenza nacional.
Cuestión de huevos se diría que fue también nuestra determinación de ejercer el derecho constitucional de manifestación, previamente legalizada, ya que nos esperaban varias decenas de, llamémosles, vecinos. Porque los tales vecinos nos esperaban blandiendo al aire las garrotas de su disfraz de valientes y lanzando contra los autobuses huevos, tomates, naranjas y una suerte de proyectiles con denominación de origen, pues se trataba de unos polvorones típicos de la zona que, convenientemente aplastados, se endurecen como una piedra. Esa lluvia violenta continuó cayendo sobre nosotros durante las casi dos horas que permanecimos frente a la turbamulta local, sin que mojara nuestro ánimo y sin que las fuerzas del orden, desplegadas para protegernos de la prevista agresión, hicieran nada por evitarlo y detuvieran a los delincuentes. Porque entre huevo y polvorón algo más peligroso voló hacia nosotros y provocó la fractura de nariz de una chica que cayó al suelo inconsciente, así como una lesión en el globo ocular de otra persona. Parece mentira, ¿verdad?, pero no, es de comprender que alguien que defiende la persecución, tortura y crimen de un ser inocente tenga muy poco respeto por la nariz de una puta. No se asusten los lectores. Me limito a reproducir el reiterado apelativo con que fuimos distinguidas todas las mujeres que participamos en la protesta. Los hombres, los nuestros, maricones. Esos gañanes machitos, machirulos, machistas, lo repetían una y otra vez, mientras hacían gestos obscenos llevándose la mano a la entrepierna o simulando con la boca quién sabe qué clase de felación. Sería la de un violador; desde luego, la de un maltratador. Tal pobreza de vocabulario y tan limitada capacidad de argumentación debe de ser también una cuestión de huevos.
Pero nosotros llevábamos claras nuestras consignas y las seguimos escrupulosamente: ni una respuesta a la provocación, ni un insulto (ni siquiera llamarles asesinos, que no sería insulto sino mera constatación). Porque nosotros tenemos, más clara que la de sus huevos, una idea del mundo en la que no caben tradiciones crueles como la del Toro de la Vega (de la que, por cierto, recalcan un secular origen árabe sus defensores: los mismos, sospecho, que llaman moros de eme a todo árabe, ya sea de bien, que tenga la desgracia de cruzarse en su sangriento camino). Tenemos una idea del mundo en la que la fiesta no va unida al maltrato de ningún animal; en la que el interés turístico (como declara a este espectáculo la Junta de Castilla y León) está ligado a las bondades de una localidad, no a sus maldades; en la que la iglesia católica rechaza honrar a sus vírgenes y santos con el martirio de criaturas inocentes; en la que los representantes políticos supuestamente progresistas (como el alcalde de Tordesillas) comprenden que el progreso cultural y social está reñido con la tortura, y los ministros socialistas no asisten en Ronda a alternativas toreras, porque no hay. Un mundo, en fin, más ético, más moral. Lo lograremos, porque cada vez somos más. Y no necesitamos huevos. Nos bastan el corazón y la razón.
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Señores del peñazo |
| Señores
del peñazo |
El
País - 23 junio 2006
Por fin sabemos en qué
se ocupan ciertos miembros del Senado. Por fin nos enteramos de los asuntos
a los que dedican su tiempo no tan libre ciertos senadores. Ya se despejan
las cuentas de esa buena parte de nuestros impuestos destinada a mantener
ciertos sueldos, ciertas dietas, ciertos teléfonos móviles,
ciertas conexiones a Internet, ciertos transportes (¿podemos, pues,
escoger en la Declaración de la Renta destinarlos a Otros?).
Si alguna vez nos hemos
preguntado sobre la necesidad de esta vieja institución o hemos
sospechado de su obsolescencia, he aquí la respuesta, nos la han
dado algunos de ellos: ciertos señores (que también hay
de la guerra) senadores se dedican a hacer pandas, pandillas, bandas.
Las llaman peñas.
Como miembros de tan rancia
institución, gozan de "inmunidad y sólo podrán
ser detenidos en caso de flagrante delito. No podrán ser inculpados
ni procesados sin la previa autorización de la Cámara respectiva";
pero, ¿pueden asociarse en defensa de lo que muchos ciudadanos
consideran delito? Los señores de la peña sí. Se
llama Asociación Taurina Parlamentaria.
A las 11.30 de la mañana
de ayer la presentaron en la sala de prensa del Senado. Forman parte de
la ATP 150 senadores, cuyo objetivo es "promover y defender la Fiesta
Nacional y sus valores culturales". Estudiemos su pintoresca y españolista
cabeza de cartel, integrada por Pío García-Escudero (PP),
Joaquín Bellón (PSOE), Xavier Albistur (PNV) y Pere Macías
(CiU). Don Pío es arquitecto y ha sido Concejal de Urbanismo, del
Ayuntamiento de Madrid. Lo del señor Bellón es más
sangrante: cirujano, experto en pediatría y genética, ha
sido jefe de Sección de Salud Materno-Infantil y coordinador del
Centro de Consejo Genético del Gobierno Balear. Lo raro es que
con tanta experiencia biológica no se haya enterado de lo que es
el dolor y desconozca el significado de la bioética. En cuanto
a Albistur: es presidente de la Asociación Lankide, una ONG (je
je) para la formación, la cooperación y el desarrollo. Lástima
que tal amplitud de conceptos no incluya la compasión por los animales,
así como otro tipo de desarrollo. Está Albistur, por otra
parte, en la Orden de San Raimundo de Peñafort, que premia los
méritos en el ámbito de la Justicia. Curiosa Justicia. Don
Pere, a su vez, fue Consejero de Medio Ambiente de la Generalitat de Catalunya.
Por suerte, sus consejos no fueron tomados muy en cuenta, dado que Barcelona
tiene el honor de ser la primera ciudad del Estado español que
se ha declarado antituarina.
Gracias a la Madre Naturaleza
tenemos sin embargo en la otra Cámara, la del Congreso, a Fernando
Garrido, diputado por Los Verdes del Grupo Socialista, que representa
la soberanía de la bondad y la compasión hacia los animales
y ha remitido al presidente del Senado, el socialista Javier Rojo, una
carta en denuncia por la "actitud zoofóbica" de los señores
de la peña, trasladándole la "indignación y
vergüenza" que con él sentimos muchos ciudadanos ante
semejante iniciativa, que ha de quedar claramente al margen de las actividades
de una institución "casa de todos los ciudadanos y hogar de
los derechos y las libertades, donde no se debería fomentar el
maltrato, la tortura y la muerte de animales en la corridas de toros".
"Que a principios del siglo XXI y en una institución parlamentaria
democrática se impulse la barbarie y la crueldad contra los animales
es algo que no podemos tolerar en silencio sin que la complicidad y la
mancha moral nos abarque a todos, en especial a los que servimos a la
voluntad popular", proclama nuestro representante.
Junto al senador Jordi Guillot,
de Iniciativa per Catalunya-Verds, presentó, en respuesta a la
peña, el "Lobby Parlamentario en Defensa de los Derechos de
los Animales y en Contra de las Corridas de Toros", para promover
iniciativas que sí podemos tildar de formación, cooperación
y desarrollo.
Puede que sea la desesperación
lo que impulse a estos señores de la arena a asociarse en defensa
de una actividad salvaje que tiene los días contados. Pero las
desesperaciones de los representantes de la soberanía popular no
pueden guiar las actividades de las Cámaras. Creo, senadores, que
se van a reír de ustedes en Europa cuando quieran presentar como
cultura lo que ya se sabe que es tortura. La Asociación Taurina
Parlamentaria, ustedes, son una cacho peña, o sea, un peñazo.
Es lo más fino (y ustedes son muy aficionados a ese caldo) que
se les puede aplicar.
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| Abierto
en canal |
El
País - 4 febrero 2005
Si viviera en Madrid (si
viviera), María Zambrano estaría cada miércoles,
de seis a ocho de la tarde, a la puerta del Canal de Isabel II. Iría
acompañada por Rafael Alberti (si viviera). Se les vería
llegar de lejos, el cabello y el alma, blancos, cogidos del brazo por
la calle de Santa Engracia, lentos, decididos. María llevaría
al cuello un fular gris o celeste y Rafael, su bufanda roja de siempre,
más necesaria que nunca. Porque a esa hora, en invierno, hace frío
a la puerta del Canal. Estos ilustres ancianos se encontrarían
allí con Gloria y con Milagros, con Julia y con Rocío, con
Alberto y Fernando y María Victoria. Besarían a Juanita.
Ellos sí están ahí todos los miércoles, de
seis a ocho de la tarde, en una concentración convocada por la
Plataforma Gatos y Jardines del Canal, que preside la incansable Gloria
Torres. Están ahí desde hace años, con sus cacerolas
y su megáfono, en defensa de los gatos del parque del Canal, sistemáticamente
acosados, agredidos y exterminados por las autoridades. Gatos como aquellos
romanos de los que hablaba Alberti en La arboleda perdida, aquéllos
sin los que no concebía Roma y acaso la vida misma, a los que echaba
de menos cuando dejó de oír desde su cuarto cómo
hacían un amor “lleno de maullidos y silencios impresionantes”,
aquéllos a los que daba de comer a diario, aquéllos maravillosos
que, “coronando columnas y capiteles, sentados sobre los pórticos
caídos”, admiraba en sus paseos por el Foro Republicano y
que Roma considera ahora patrimonio vivo. Gatos como los que en el cementerio
de Vélez-Málaga guardan la tumba de la Zambrano, de donde
no se han movido desde que llegó allí, quizá avisados
por aquellos otros que también ella defendió y alimentó
por las calles de Roma y que fueron excusa para su expulsión de
la ciudad. Gatos como los que amaba y eternizaba en sus poemas Baudelaire.
Pero ¿sabrá
Ildefonso de Miguel, actual gerente del Canal de Isabel II, quién
era Baudelaire? ¿Sabrá quiénes eran Alberti y la
Zambrano? ¿Acosaría y denunciaría a tan insignes
poetas por dar de comer a los gatos del jardín de su competencia?
¿Osaría cerrar herméticamente los 30.000 metros cuadrados
de su contorno con unas planchas metálicas que impidieran a estos
ilustres alimentar su espíritu y el de la ciudad con la vista del
parque y la convivencia gatuna? ¿Se atrevería a echarles
encima a la policía local? ¿Se negaría a recibir
a Baudelaire, a Alberti, a la Zambrano? Pues bien, Ildefonso de Miguel,
o sus secuaces, acosan y denuncian a insignes ciudadanos anónimos
cuya única pretensión es defender el derecho a la vida de
los gatos de la calle en colonias controladas donde no suponen ningún
problema, como el jardín de Santa Engracia; revienta sus concentraciones
autorizadas por la Delegación del Gobierno, es decir, conculca
sus derechos y libertades públicas; multa a las señoras
que (“llenas de ternura y devoción”, como las de La
arboleda perdida) presuntamente van a alimentar a los gatos. A Juanita
(la que besaron al llegar Alberti y la Zambrano) le han caído dos
multas de 300 euros. Mientras, de tanto en tanto, el gerente llama a los
laceros, captura a los bellos e inocentes gatos en jaulas trampa y los
hace desaparecer; o contrata a desratizadoras para que los envenenen como
a plagas; o encarga a cualquier desalmado de su confianza que les ponga
cepos o los mate a palos. De todo se ha visto ahí. En 2001, siendo
presidente del Canal Carlos Mayor Oreja, se puso en práctica un
programa piloto: curaron, desparasitaron, esterilizaron, vacunaron a los
gatos y les instalaron unas preciosas casetas de madera en el jardín
de Santa Engracia. Pero duró poco esa convivencia justa y feliz.
Unos meses después nombraron gerente del Canal a Arturo Canalda,
que se negó al diálogo, desmanteló todo y ordenó
el exterminio de los gatos: muchos fueron utilizados en pruebas de toxicidad
aguda del laboratorio de la fábrica de raticidas. Sufrieron y agonizaron
durante meses. Y ahora De Miguel, con unas fantasías chinescas
que debiera aplicar en Perales del Río. Pero esta plataforma constituida
por 200 personas, en su mayoría vecinos de la zona, no se da por
vencida: aguantan, ejercen acciones legales, se querellan contra el Canal,
logran recursos de amparo constitucional y, miércoles tras miércoles,
heroicamente concentran su coraje y su sensibilidad. Así vencerán.
Y algún día los gatos velarán su sueño, dignos
y agradecidos.
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Otros yoes |
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yoes |
El
País - 12 diciembre 2003
El escritor y académico sueco Per Wästberg, que presentó
anteayer a John Maxwell Coetzee en la entrega del Premio Nobel de Literatura,
destacó del escritor surafricano el "haber dado voz a quienes
están fuera de la protección de lo divino (...) a los silenciados
y a los desposeídos". "Se apiada de otros yoes",
señaló. Wästberg se refería a esos personajes
de las novelas de Coetzee que, en los límites de lo humano, son
víctimas de la violencia racista, de la injusticia social, de la
miseria colectiva o de la doble moral. Pero, también, si sus palabras
incorporaban con precisión y en su totalidad el contenido ético
de la obra del Nobel, había de estar refiriéndose a todos
aquellos individuos no humanos, los animales de otras especies, sometidos
a la crueldad sin límites del especismo antropocentrista.
Pues en su novela-ensayo
Las vidas de los animales (Ed. Mondadori), Coetzee se apiada de esos otros
yoes a través de ese trasunto del escritor que es Elisabeth Costello,
su personaje principal. Para escándalo de casi todos, esta vieja
escritora compara la cruel situación de los animales en las instalaciones
de explotación industrial, en los mataderos o en los laboratorios
de experimentación con la de los confinados en los campos de exterminio
del holocausto nazi. Por fortuna, un premio como el Nobel viene, si no
a ratificar, al menos a contemplar tan escandalosas y certeras posiciones.
Porque, lejos de una lectura simplista, Coetzee está hablando de
un estado de pecado, de una cierta enfermedad del alma humana. Y, tanto
cuando escribe sobre el apartheid en Suráfrica como cuando lo hace
sobre esa "empresa global de degradación, de crueldad, de
matanza" animal, está apelando a la compasión, no sólo
en su sentido judeocristiano sino en el estrictamente etimológico
del sentir con. Cuando compara las granjas avícolas y la vivisección
con los campos de exterminio, cuando considera el trato a los animales
no humanos ni siquiera como a objetos, sino como a auténticos prisioneros
de guerra, es porque le horroriza que, en ambos casos, los verdugos se
nieguen a la compasión, a imaginarse en el lugar de las víctimas.
De los otros yoes.
El 10 de diciembre de 1948
fue aprobada la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
El sexo, el color de la piel o el grado o tipo de inteligencia no podían
justificar la explotación de los seres humanos. Independientemente
de la parcial o inadecuada aplicación de estos derechos, la Declaración
marcó el principio de una nueva era moral y simbolizó el
triunfo de la justicia. En 1998, la misma fecha instauró el Día
Internacional por los Derechos Animales, que este año se celebra
por primera vez en España y que reivindica la extensión
de aquellos ideales de 1948 a todos los seres con capacidad de sufrir
y disfrutar: poseer el derecho a la vida, a la libertad o a no padecer
tortura se deriva de esa capacidad de sentir que compartimos todos los
animales. Hasta hoy, sólo hay al respecto tibias declaraciones
de intenciones de la ONU o la Unesco pero no existe una auténtica
Declaración Universal de los Derechos Animales; y en España,
el país de la tauromaquia, sólo Cataluña aprobó
recientemente una esperanzadora aunque limitada Ley de Protección
Animal. Pero el especismo, la idea de que los intereses de un animal pueden
ser minusvalorados simplemente en función de su especie, resulta
tan reprobable como cualquiera de aquellas otras discriminaciones arbitrarias.
Mañana se celebrará
en Madrid una manifestación que saldrá a las doce del mediodía
de la plaza de Tirso de Molina y que ha sido convocada por la Plataforma
para la Defensa de los Animales, en la que se agrupa un gran número
de asociaciones y particulares que trabajan por la consecución
de estos derechos. No es probable que John Maxwell Coetzee esté
allí pero, en el espíritu ético de cada una de las
personas que acudan, sí estará su personaje Elisabeth Costello,
esa escritora crítica con la razón tendenciosa del pensamiento
humano, escandalosa porque denuncia el mal. Les sugiero, pues, con esta
doble ocasión del Nobel y el Día Internacional por los Derechos
Animales, que lean Las vidas de los animales, "que lean a los poetas
que devuelven el ser vivo y electrizante del lenguaje". Y, como Elisabeth
Costello, "si los poetas no les conmueven, les apremio a caminar
junto al animal que será precipitado por el túnel hasta
su verdugo". Junto a esos yoes.
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Guau |
GUAU GUAU |
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El
País - 28 febrero 2003
El ladrido fue multitudinario y unánime y ocupó no sólo
las esquinas sino todo lo ancho de las aceras y la calzada misma y las
isletas y el bulevar y las escaleras de los subterráneos y la glorieta
y la plaza y hasta los balcones y las azoteas. José María
Aznar había dicho que quienes le protestan son "perros que
ladran su rencor por las esquinas" y, en efecto, cientos de miles
de perros ladramos por las calles de Madrid nuestro rencor negro de chapapote,
nuestro rencor negro de guerra, nuestro rencor negro de ese petróleo
asesino de niños y de mares y de aves y de hombres y de peces y
de playas y de ancianas y de plantas, ese rencor negro de ruinas y de
muerte violenta.
José María
Aznar creía que, al hacer esa comparación, infravaloraba
a los manifestantes. No sólo se equivocaba creyéndose superior
a los individuos de la especie canina, a la mayoría de los cuales
no llega, por cierto, ni a la altura de las almohadillas (muchos se encontraban
en la manifestación del 23-F acompañando a sus amigos humanos,
algunos con pegatinas y hasta con camisetas que dejaban clara cuenta de
su natural pacífico), sino que, ocupado en extender a la especie
humana las prácticas de exterminio a las que nuestros amigos los
perros están tan desgraciadamente acostumbrados, se equivocaba
también recordándonos el legítimo rencor de los exterminados.
Según su razonamiento, los perros se guiarían por el recuerdo
de una ofensa sufrida, lo que, acercándonos la más cruda
de las realidades, no sería de extrañar. Aunque siga en
pie la repugnante amenaza de esta guerra que no queremos la vida, con
todas sus miserias, continúa en Madrid y hasta en Bagdag.
Las miserias suelen ser
humanas y, entre las más crudas realidades que provoca, se encuentra,
sin lugar a dudas, la perrera municipal de Cantoblanco. Ante la gravedad
de las amenazas, viruela incluida, en las últimas semanas hemos
tenido que dejar a un lado muchas cuestiones sin resolver. La de Cantoblanco
es una de ellas, y sigue produciéndonos un rencor que añadimos
al de la guerra y el petróleo.
Resulta que, a diferencia
de nuestros gobernantes, muchas personas con buenos sentimientos se dedican
a rescatar, defender, curar, proteger y adoptar a los miles de perros
y gatos maltratados y abandonados que acaban su pesadilla en las celdas
encharcadas de la perrera municipal, antesala de sus cámaras de
gas. Para algunos, que se pierden de sus dueños y llevan microchip
de identificación, la pesadilla empieza precisamente allí,
donde se dan muchos casos en los que, antes de ser asesinados, ni siquiera
se hace la comprobación pertinente.
Hace unas semanas, estas
personas, junto con diversos grupos asociados en la Plataforma Animalista
y el apoyo de Ecologistas en Acción, pusieron en marcha una campaña
de denuncia y concienciación que fue tendenciosamente tergiversada
por los responsables de Cantoblanco y erróneamente interpretada
por los medios de comunicación. Nada ha cambiado desde entonces
en las tristes e insostenibles condiciones de la perrera. Dependiente
de un Ayuntamiento que no se manifiesta junto a sus ciudadanos en contra
de la guerra, el Centro de Adopciones de Cantoblanco, es un lugar de exterminio
masivo en el que los animales, indefensos, reciben un trato carente de
toda ética.
Para empezar, el horario
de adopción es incompatible con el del 90% de la población
activa de la ciudad (de lunes a viernes de 10 a 13, en invierno, y de
10 a 12, en verano), de lo que se deduce la absoluta falta de voluntad
de salvarles la vida. Los gatos se encuentran en nichos-jaula sin luz
exterior, fríos y duros, empapados por la limpieza a manguerazos,
enfermos de procesos víricos producidos por la humedad y sin recibir
tratamiento veterinario. Los perros, cuando no son entregados a personas
que no reúnen las garantías suficientes y que (está
investigado) los usan para escalofriantes entrenamientos de peleas caninas,
son angustiosamente gaseados dentro de jaulas en los que se les encierra
apresión; como demostró hace meses un vídeo grabado
por un joven que trabajó durante unos meses en la perrera y que
difundieron varias televisiones, algunos sacos con perros supuestamente
"sacrificados" seguían moviéndose fuera de la
cámara de gas.
Para qué decir más,
sino que Cantoblanco se paga con nuestros impuestos. Los mismos con los
que se paga al señor Aznar. Somos perros y ladramos, humano de
presa.
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raros |
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El
País - 29 noviembre 2002
Mañana, sábado, a las doce del mediodía, se celebrarán
en la plaza Tirso de Molina y en la plaza de Sant Jaume de Barcelona sendas
manifestaciones por los derechos de los animales, exigiendo una ley de
protección animal que, de una vez por todas, tipifique como delito
su maltrato en el Código Penal. El pasado 23 de abril, tras el
horrendo ataque contra la perrera de Tarragona, en el que varios perros
fueron mutilados en vivo, sufriendo el aserramiento de sus patas, se hizo
entrega en el Congreso de los Diputados de más de 600.000 firmas
recogidas en una campaña promovida por la Fundación Altarriba
y secundada por decenas de asociaciones y miles de particulares. Estas
firmas canalizaban la opinión de muchos ciudadanos que creían
necesario el cambio en un Código Penal que deja completamente desprotegidos
a los animales. El Partido Popular, haciendo uso de su desalmada mayoría
absoluta, votó en el pleno en contra de las cuatro propuestas de
ley presentadas por el PSOE, CiU, IU y ERC, todas las cuales contemplaban
la modificación del Código Penal. Como siempre sucede con
una oposición política que sólo trabaja por sus propios
intereses electoralistas, en 1995 el PP había dado a las entidades
de protección animal su promesa de reforma del mismo. No sorprende
su cambio de actitud, pero sigue indignando ese abuso de poder.
¿Qué les dicen
los nombres siguientes?: Carmen Thyssen-Bornemisza, Josep Carreras, Alaska,
Mariscal, Rosa Regás, Leonardo di Caprio, Juanma Bajo Ulloa, Terenci
Moix, Santiago Dexeus, Jordi Sabater Pi, Rosa Montero, Antonio Gala, Carmen
Iglesias, Tito Valverde, Soledad Puértolas, Heather Locklear, Lisa
Bonet, Carmen Rigalt, Hevia, Judith Mascó, Pilar Rahola o Jesús
Mosterín. Son nombres sonoros de personas respetables y respetadas
por su actividad profesional, artística o científica. No
son bichos raros, todos ellos nos resultan familiares. Son apenas algunos
entre otros miles que corresponden no sólo a asociaciones de protección
animal, sino a veterinarios, abogados y jueces, deportistas, políticos,
industriales, catedráticos y profesores que hace unas semanas se
adhirieron al manifiesto por unas "leyes más justas y eficaces
a favor de los animales" que la Fundación Altarriba presentó
con motivo de la Conferencia Internacional sobre la Protección
Legal de los Animales en España (CIPLAE), celebrada los días
7, 8 y 9 de noviembre en la Universidad de Barcelona. Hubo ponentes españoles
y vinieron también desde Alemania, Bulgaria, Georgia, Estados Unidos,
Holanda, Reino Unido, Suecia y Suiza: gente que estudia para educar a
su vez a la sociedad contra la crueldad y la violencia, que viaja para
promover una concienciación ciudadana que se acerque cada vez más
a una ética no especista, que pelea a favor de unos animales indefensos
no sólo en manos privadas y dementes, sino en ese holocausto que
suponen los procesos de investigación, las cadenas de producción
de alimentos y los espectáculos públicos, de los que nuestro
país es horrendo emblema.
El ministro de Justicia,
José María Michavila, anunció el pasado día
20 en el Congreso de los Diputados, que el Gobierno incluirá en
la reforma del Código Penal una modificación del artículo
337 con el fin de castigar el maltrato a animales domésticos. No
es suficiente, y lo sabe, por eso se refirió a la complejidad que
suponía una reforma general y a la necesidad de alcanzar un consenso
con todas las formaciones políticas. "Complejidad" debe
de significar el ordeno y mando de su mayoría absoluta,
así que lo del tal consenso es una milonga. Lo que hay son muchos
intereses económicos enfrentados al dolor de los inocentes. Y hasta
que no se admita de forma drástica que los animales son individuos
sintientes y que, por tanto, deben ser incluidos en la comunidad moral
que les devuelva los derechos básicos que les son brutalmente arrebatados,
seguiremos asistiendo a esta injusticia y a vergonzosos espectáculos
políticos como el de la jornada de cacería de los señores
Fraga y Del Álamo: ¿Se puede concebir un consejero de Medio
Ambiente dedicado a asesinar ciervos? ¿Se puede concebir un presidente
autonómico que se largue a abatir jabalíes cuando su país
está sumido en la tragedia ecológica? Bichos raros. Espero
que la plaza de Tirso de Molina sea una clamor en defensa de sus víctimas.
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| Contrainformación |
Contrainformación |
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El
País - 30 mayo 2002
Contrainformarse significa poder acceder a ciertas informaciones que,
por unos u otros motivos, no tienen cabida en los medios de comunicación,
llamémosles oficiales. Unos u otros motivos responden, en realidad,
a un sentido sospechoso del interés periodístico, que puede
fácilmente relacionarse, en primer lugar, con ciertos otros intereses
y, en última (¿última?) instancia, con la más
pura y simple censura. A tan paranoica (ya ven) conclusión se llega
de inmediato cuando uno se adentra en páginas como las de Nodo50
(www.nodo50.org), servidor telemático de casi 500 organizaciones.
En estos sitios circula, entre otras, información sobre el movimiento
antiglobalización y sus actividades. Recientemente, Nodo50, acompañado
por el abogado Endika Zulueta y el líder de Izquierda Unida, Gaspar
Llamazares, ha presentado al Parlamento, en conferencia de prensa, un
informe sobre el espionaje policial al que está sometida esa web,
demostrando que, a través de la detección de las direcciones
IP de los ordenadores que usan las Fuerzas de Seguridad, sus actividades
investigadoras incluyen, entre otras, la infiltración en listas
de correo privadas. No sólo manipulación, sino antidemocráticos
atentados a la intimidad y a la libertad de expresión.
Nodo50 es, sin embargo,
un medio para poder informarse de lo que no cuentan los periódicos,
por no hablar de la radio y, ni qué decir tiene, de la televisión.
En este periódico, por poner el ejemplo que mejor conozco porque
soy lectora habitual, un asunto ha levantado ampollas en los últimos
días: el que se refiere a la polémica suscitada por una
columna antitaurina de Manuel Vicent, asunto en el que el Defensor del
Lector tuvo que poner por fin carta, titulada Pasión por la Fiesta,
debido, precisamente, al cúmulo de cartas recibidas, ya fuera a
favor o en contra de la opinión de Vicent. No sé si me estará
permitido hacer un comentario al Defensor del Lector o su intervención
se considera un punto y final. Agradecería de veras que no fuera
así, por lo que voy a intentarlo. Ya el hecho de que tenga su mesa
y su correo electrónico colapsados de cartas (en cualquiera de
los sentidos) significa que el debate existe y merece atención,
como por cierto se la ha prestado. Pero compara la pasión por la
práctica taurina con la pasión por el fútbol, y ahí
es donde quisiera permitirme hacer mi observación. Como a muchos
lectores de este periódico, a los que se refiere el Defensor, me
sucede que carezco de pasión futbolera y que no entiendo tal gusto
y tal derroche de atención por parte de los medios. Pero, efectivamente,
jamás se me ha ocurrido solicitar la supresión de esa información,
por la sencilla razón de que soy capaz de comprender que hay pasiones
y pasiones, aunque algunas me resulten incomprensibles.
La pasión taurina
no es comparable, por la también sencilla razón de que en
esta última interviene un elemento que no está presente
en aquélla: la tortura y muerte de un animal. Ésa es la
diferencia entre una y otra pasión, y contra la que luchan las
campañas antitaurinas y el movimiento animalista. El pasado sábado
25 de mayo se celebró en Madrid una manifestación antitaurina
que podemos considerar, felizmente, multitudinaria, pues congregó
a casi cuatro mil personas. Salió, legalmente, de la plaza de Felipe
II y llegó, legalmente, hasta la plaza de Las Ventas, donde los
concentrados, legalmente, expusieron su postura. ¡Cuatro mil personas
manifestándose en Madrid y ni un solo medio de comunicación,
incluido este periódico, cubrió esa información!
Ni las secciones nacionales, ni las secciones locales, ni las televisiones.
Nada. Excepto Internet: Nodo50, por ejemplo y por si alguien está
interesado en añadir su navegación a la diaria lectura del
periódico (sugiero aprovechar la hora del telediario).
La cosa no queda ahí.
Un cuarto de hora después de ser desconvocada la manifestación
antitaurina de Madrid, las fuerzas policiales arremetieron contra todo
el que se cruzó por delante: una señora salvajemente golpeada
(atendida por el Samur), varios lesionados, escenas de pánico.
Y un chico, detenido tras recibir una brutal paliza, que sólo por
mediación de Julio Setién, de IU, fue puesto en libertad
el lunes, tras permanecer en una celda inmunda, obligado a intentar reconocer
fotos de etarras e insistentemente interrogado acerca del comando Madrid.
Nadie ha dado esta información. Por lo que conmino a contrainformarse.
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Vivisección |
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El
País - 10 mayo 2002
Si Alexander Fleming hubiera llevado a cabo sus investigaciones bacteriológicas
utilizando para sus experimentos a ciertos animales hoy no conoceríamos
la penicilina, o al menos habría pasado mucho tiempo desde ese
año de 1928 en el cual el descubrimiento del primer antibiótico
supuso una revolución sin precedentes en la historia de la medicina.
Gatitos, por ejemplo. Si Fleming hubiera usado gatitos para observar la
reacción que les causaba el suministro del Penicilium notatum,
habría desestimado su aplicación en humanos, porque la penicilina
provoca la muerte de los gatos.
Con este simple pero trascendente
ejemplo ilustró Eladio Ferreira, el pasado lunes, el contenido
de la campaña que Alternativa para la Liberación Animal
(ALA) está realizando a través de la gira Vivisección:
una práctica de otro siglo que esta asociación por los derechos
de los animales ha llevado durante abril y mayo a lo largo de varias ciudades
españolas. A Coruña, Vigo, Santiago de Compostela, Oviedo,
Gijón, Santander, Bilbao, Llodio, San Sebastián, Vitoria,
Pamplona, Zaragoza, Girona, Barcelona, Castellón, Valencia, Alicante,
Murcia, Granada, Córdoba, Valladolid y, finalmente, Madrid: añado
esta larga relación para hacer justicia a un pequeño grupo
de personas que, sin apenas apoyos sociales o mediáticos, ni, por
supuesto, políticos, son capaces de mantener la energía
y la fe necesarias para llevar a cabo una labor de concienciación
imprescindible, y de ser inmunes al desaliento aun cuando a la conferencia
de prensa de su presentación en Madrid sólo acudieran dos
periodistas. Su lucha, tan humana, es la de las especies sin voz que padecen
un indecible sufrimiento a manos de un escandaloso fraude científico.
La vivisección es
la disección practicada en un animal vivo. Diseccionar es cortar
o dividir. Millones de animales no humanos, en su mayoría ratones,
ratas, conejos, primates, perros y gatos, son utilizados como objeto de
experimentación por las industrias bélica y cosmética,
práctica también común en el ámbito académico:
los estudiantes de Ciencias, Farmacia o Psicología tienen que enfrentarse,
tarde o temprano, con la práctica, brutal y ya inútil, de
semejante tortura. A estudiantes y profesores de las facultades de Biología,
Psicología, Medicina y Filosofía ha ido principalmente dirigida
esta campaña. La investigación dispone en la actualidad
de alternativas científicas a la vivisección, tales como
los cultivos celulares y de tejidos, los modelos por ordenador, las técnicas
físico-químicas o la observación clínica y
epidemiológica. Las diferencias fisiológicas y metabólicas
entre los animales humanos y los no humanos hacen imposible extrapolar
los resultados de los experimentos realizados entre unos y otros, a lo
que se añaden los factores de estrés y terror sufridos por
los animales, que alteran su respuesta. Cientos de medicamentos, testados
de forma sencilla, rápida y barata en millones de animales, son
retirados cada año del mercado por provocar muerte o intoxicación
entre los humanos: talidomida (12.000 casos de graves malformaciones en
recién nacidos), opreno (61 muertos y 3.500 reacciones adversas
graves), eraldin (cegueras y muertes), clioquinol (30.000 casos de parálisis
en Japón, ceguera y muertes), isuproterenol (3.500 muertes en Gran
Bretaña), flosinto, primacor, osmosin, teraptron... son sólo
unos pocos ejemplos de los que produjeron trágicas consecuencias.
El metrotexato (contra la leucemia infantil), el cromoglicato de sodio
(contra el asma), el nitrio (para la angina de pecho) o la quinina (contra
la malaria) son, sin embargo, eficaces medicamentos conseguidos sin experimentar
con animales.
También hay fraude
legal: el convenio 86/609 del Consejo Europeo, ratificado en España
por el Real Decreto 223/88, 'sobre la protección de los vertebrados
utilizados con fines experimentales y otros fines científicos',
recoge la necesidad de sustituir su utilización 'tratando de encontrar
métodos alternativos y fomentando la aplicación de éstos'.
Estudiantes y profesores tienen, pues, la posibilidad de objetar y no
participar en esa cadena subvencionada de sufrimiento y muerte: la mitad
de las universidades de EE UU y del norte de Europa ya no usa animales.
Acabaríamos así con los multimillonarios negocios farmacéutico
y de cría y venta de animales de laboratorio, y con una tortura
inadmisible.
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toreros |
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El
País - 11 mayo 2001
Ayer recibí un e-mail en el que un amigo me decía: 'Torear
la conciencia del dolor es, en mi opinión, el fin de la existencia'.
Mi amigo ama a los animales y abomina de la crueldad; detesta, en consecuencia,
la fiesta taurina. Es curioso que, en esa máxima de trascendencia
última ('... el fin de la existencia ...', dice), mi amigo utilice
la imagen del toreo como un arte vital para evitar, para esquivar, para
burlar el dolor. Acababa de leer las declaraciones de Manuel Vicent en
relación al libro Antitauromaquia, una recopilación de artículos
del autor sobre la lidia, que publica en Aguilar junto al dibujante Ops
(El Roto). Había leído también recientemente su última
columna publicada al respecto en este periódico, titulada Más
toros, en la que Vicent relata con sensible precisión el proceso
por el que atraviesa el toro desde que pace tranquilamente en el campo
hasta que es empujado al coso: se trata, en sentido estricto, del pavoroso
relato de un secuestro.
Aquel texto me recordó,
a su vez, un cortometraje que vi hace algunos años y del que lamento
no disponer de los datos suficientes para identificarlo, aunque el impacto
que me produjo le hace merecerlo. En él, el espectador asistía
sobrecogido a una serie de violentísimas imágenes, estremecedores
sonidos, angustiosas oscuridades, que transmitían la tortura y
el pánico al que estaba siendo sometido alguien que no podía
reconocer. Hasta que la pantalla se volvía una luz cegadora e hinchada
de clamor humano y veíamos cómo unas puertas que dejaban
paso a ese estruendo eran las del toril por el que aparecía, con
un desconcierto desorbitado, el ser que así había sido arrastrado
hasta allí: un toro.
Dice Vicent, manifiestamente
antitaurino pero cultivado acaso o curtido por la experiencia: 'No, ya
no me enfado por nada; además yo no quiero que se prohíban
los toros (...), yo lo que quiero es que se fomente lo demás'.
Y se escandaliza de que el rito haya 'elevado la crueldad a costumbre'
y que 'metamos a los toros en la categoría de cultura, de arte'.
A mí, menos cultivada acaso o menos curtida por la experiencia,
no sólo me sigue enfadando esta práctica brutal en la que
se tortura vilmente a un animal, sino que quiero, por supuesto, que sea
terminantemente prohibida. En lo que al supuesto arte respecta, he de
decir que me avergüenza que Madrid sea una de las plazas por excelencia
de una de las tradiciones más perversas que se pueda imaginar:
aquella que disfraza de belleza el dolor infligido a un animal, aquella
que tilda de cultural el maltrato a un ser inocente. Y he de decir que
me desconcierta, o mejor (porque aún no he alcanzado el estoicismo
mediterráneo de Vicent), que me indigna que los medios de comunicación
democráticos y progresistas sigan reservando un espacio para cubrir
la atrocidad de esa fiesta: este periódico, sin ir más lejos;
nunca lo entenderé.
En el prólogo de
esa Antitauromaquia, Vicent reflexiona: 'La vida te va despojando de todos
sus elementos irracionales y quedas a merced de una desnuda inteligencia
laica, sin adherencias mágicas. En efecto, la ecología,
el amor a los animales, es una clase de laicismo de la naturaleza. O si
se quiere, una mística nueva basada en una unión con ella,
no contaminada por violencia alguna. Creo que no tenemos derecho a gozar
imaginando que hacemos sufrir a los animales, pero, sobre todo, creo que
no se puede sustentar como espectáculo la muerte festiva de un
toro que un día también podría ser nuestra muerte.
En esto se basa esta antitauromaquia. No es un arte de torear al revés,
sino una apuesta por no torear nada ni a nadie salvándonos de la
crueldad'. Entonces volví a recordar la máxima vital del
e-mail de mi amigo y me di cuenta de que sí, de que lo único
que hay que torear es el dolor, o su conciencia, y que, en una paradoja
que quisiéramos para siempre erradicar, torero es el toro. Intenta
ser torero ante esas bestias que le secuestran, le humillan, le dan puyazos,
le clavan banderillas y espadas, le arrodillan, ensangrentado y exhausto.
Cómo intenta el toro torear el dolor, consciente ya del fin (y
del final) de su existencia. A partir de ahora, cuando oiga ese epíteto,
¡torero!, que se exclama ante el valiente, ya no sentiré
la repugnancia que me producía esa identificación, sino
la tristeza por esa innecesaria y cruel torería que se le exige
al toro.
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