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PilarRahola |
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Política y periodista, miembro del Comité de Honor de Fundación Altarriba |
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Michelito, niño matador |
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Sobre los menores toreros |
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La Vanguardia
4 febrero 2010 |
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Este no es un artículo sobre las corridas de toros, aunque los toros mueren en él. Este es un artículo sobre la infancia, sobre la vulneración pública, aplaudida y mercantilizada de los derechos de un niño, sobre la indiferencia con que las administraciones asisten a dicha vulneración, sobre la maldad que un padre ejerce sobre su hijo, cuando lo percibe como una fuente de dinero. Este un artículo sobre los felices mortales que van a la plaza a regodearse con su riesgo, que disfrutan de la tenebrosa morbosidad de ver a un niño ante un toro, y que, cuando es cogido, lloran lágrimas de cocodrilo. Y este es un artículo sobre los críticos taurinos que lo regalan con barrocos elogios. Para muestra, el botón de la crónica de su última corrida, en Cali, que acabó con el niño de 12 años, torero desde los 10, en la enfermería: "Todo fue banderear, esquivar, cuando no correr para evitar las embestidas. Gambeteando pinchó cuatro veces, antes de meter malamente la espada a muerte...". Previamente el toro había sido pinchado y sus cuernos habían sido lijados, pero era "un eral de 306 kilos", que dejó a Michelito con algunas heridas. Lo terrible del caso es que Michelito ya ha sufrido otras cogidas, una de ellas, en Lima, bastante grave, y que incluso algunos críticos del toreo llegan a considerar que no tiene la capacidad para lidiar con un toro, y que debería volver "al nivel de becerrista en alguna escuela taurina". Mientras tanto se pasea por las plazas latinoamericanas, cual gallina de los huevos de oro, dando la felicidad a un padre que ha encontrado en Michelito el negocio de su vida, a unos ganaderos encantados de la expectación que produce un niño torero, y a un público que babea ante tal violento acto. En la apoteosis de la barbarie, otros niños ya torean como él, e incluso se ha anunciado una corrida de niños toreros en México para celebrar el aniversario de la plaza de toros. Leyendo las entusiastas noticias del evento, sólo cabe concluir que el mundo se ha vuelto loco. Y que, por supuesto, es tremendamente cruel. Y no pensemos en el mundo "al otro lado del Atlántico", porque cabe recordar que la "gloria" del Juli se cuajó precisamente en el hecho de que tenía 15 años cuando empezó a torear en plazas, siendo el más joven de la historia. Y todo el mundo del toreo aplaudió, disfrutó y celebró que un menor de edad perpetrara tamaña locura.
La pregunta es: ¿qué aplaudían? Aplaudían el gusto por el riesgo de un menor, la idea de que alguien frágil podía enfrentarse a un gran animal, aplaudían el riesgo de la muerte. La cuestión es que lo permitimos, como permitieron que un niño de 10 años empezara su carrera de matador, como aplauden ahora sus muchas cogidas. Todo es sucio, todo es triste, todo es perverso.
Pero, al fin y al cabo, ¿qué cabe esperar de un espectáculo que se basa en la tortura y en la muerte.
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Los caballos
del dolor |
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Sobre el abandono y el maltrato de caballos en España, a cuenta y no de la crisis económica |
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La Vanguardia
1 noviembre 2009 |
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Una reciente información del Corriere della Sera me puso en guardia. Decía: "Spagna: i padroni non hanno più soldi e i loro cavalli muoiono di fame". Añadía que campeones de 50.000 euros se convertían en simple carne de matadero. Y explicaba casos terribles de caballos abandonados, encadenados en las cuadras para que murieran de hambre, tirados a la calle, produciendo accidentes de tráfico o, incluso con las cabezas cortadas, para arrancarles el chip y no ser identificados. Caballos que deberían pesar 600 kilos y no llegaban a los 100 cuando eran rescatados por la Asociación CYD Santa María, la única que se conoce de rescate específico de caballos. Y estos eran los que tenían suerte, porque el nivel de abandono es tal que la mayoría no pueden ser recogidos. Concordia Márquez, la "salvadora de caballos", puede albergar 50 en la asociación, pero recibe una media de 20 avisos diarios, y a veces tiene que rechazar solicitudes de picaderos que acumulan más de 100 caballos, que ya no reclama nadie. Está aceptando sólo los casos más graves, con la esperanza de paliar, mínimamente, el padecimiento extremo de los caballos que llegan a sus manos. No reproduciré el nivel de salvajismo con el que son tratados estos nobles animales, pero si la imaginación del lector se adentra por los senderos de la brutalidad no errará el camino. Leo en la página de la asociación una de las últimas historias, la del potro Bollycao, llamado así por su dulzura. Abandonado, atropellado en una carretera de Algeciras, rescatado por la asociación, dado en adopción a otros dueños, nuevamente abandonado, ahora viaja hacia Apeldoorn, a la espera de una vida mejor. Presumiblemente, es una historia con final feliz pero la mayoría de los caballos abandonados no tiene una segunda oportunidad. Si añadimos que la CYD no tiene apenas recursos ni ayudas públicas y que los fiscales no son proclives a denunciar a los propietarios, el drama de estos equinos nos da la medida de nuestra maldad. Una maldad que los caballos, en su nobleza, no entienden, incluso cuando hace seis días que están atados a una cuadra, sin agua, ni comida, y con el cuello ensangrentado, en sus vanos intentos de escapar.
¿Qué está ocurriendo? Lo previsible. En los años de la opulencia, se puso de moda comprar caballos, como última pijada del nuevorriquismo que nos invadía. Un potro para la niña, una yeguada, un caballo de carreras para que se note el poderío, y después, el abandono, la crueldad y la muerte. La misma insensibilidad que los compró como carne de ostentación los abandona ahora. Así, sin más, sin un atisbo de compasión. Miro las fotos de los caballos salvados por la Asociación de Concordia: ¡Qué inmenso agradecimiento, en su tristeza! Y recuerdo la frase de Victor Hugo: "Los animales son de Dios. La bestialidad es humana"
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Oda por un perro muerto |
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Sobre la muerte a tiros de un perro en La Sènia |
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La Vanguardia
10 octubre 2009 |
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La histeria colectiva está perfectamente definida en los estudios de sociología y, como aseguraba Arthur Schopenhauer, no tiende a decrecer en el devenir de la humanidad, sino muy al contrario. En esta era de comunicación global, las histerias viajan por las autopistas de la información a la misma velocidad que lo hacen los miedos atávicos, y no hay razonamiento que las frene. También es de este gran filósofo alemán –cumbre del idealismo pesimista– una triste frase que nos define perfectamente: "El hombre ha hecho de la Tierra un infierno para los animales". Si Schopenhauer, pues, hubiera deambulado estos días por La Sènia –y perdonen la osada ucronía–, probablemente habría aunado ambos pensamientos, porque resulta claro que La Sènia ha vivido una esperpéntica histeria colectiva, y resulta claro, también, que ha sido un infierno para un pobre animal. Lo que ha ocurrido con el dogo abandonado, que intentaba sobrevivir con cadáveres de pollo tirados en una granja, y que después de una brutal cacería ha sido abatido, merecería una medalla al mérito de la imbecilidad. Y, por supuesto, un plus meritorio a la crueldad. El conseller Baltasar debe de sentirse orgulloso de haber tirado 100.000 euros, con profusión de helicópteros y un dispositivo de decenas de personas, para conseguir matar a un pobre animal indefenso, en mal estado y cuyo único delito –a falta de ningún indicio de agresión, no olvidemos que los dogos son muy pacíficos– era intentar sobrevivir después de sufrir abandono. Un hito en su carrera política. Suerte que dirige Medi Ambient, porque dirige un ministerio y envía al ejército. Ahora todo son silencios, como el sonoro silencio que nos han dado en Els matins de Cuní, cuando hemos pedido explicaciones, y hemos recibido un buen portazo. Cosa que me resulta comprensible, porque ¿cómo puede explicar Francesc Baltasar que tire miles de euros de dinero público, se apunte a una histeria colectiva basada en simples rumores y, en lugar de recoger a un pobre animal abandonado, y ofrecerle una segunda oportunidad, decida simplemente matarlo? ¿Podían disparar un dardo para dormirlo? Sí, podían, como podían haber entregado el animal a las protectoras, que lo habrían curado, lo habrían alimentado y, quizás, lo habrían hecho algo feliz. Pero este país, a veces, se esfuerza por ser triste, feo, salvaje y notoriamente incompetente. Así que, aplausos, Baltasar, has conseguido conquistar Perejil con la Armada Invencible.
Permitan un apunte final para el pobre perro. No me imagino lo que habrá sufrido en sus últimas semanas de vida. Un brutal abandono, el desconcierto, el hambre, la sed, el lento deterioro del cuerpo, una cacería con decenas de personas, el miedo brutal y, finalmente, la muerte gratuita. Así, sin más, castigado por el único delito de haber nacido perro en un mundo de cafres.
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Repugnante festival de sangre |
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Sobre José Tomás en Barcelona |
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La Vanguardia
7 julio 2008 |
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Me temo que hoy no voy a coincidir con mi estimado director, que ayer hablaba al respecto. No sólo estoy a favor de prohibir la tortura pública, comercializada y gozada, de animales indefensos, sino que creo que es una obligación de la democracia.
A estas alturas del partido, todos sabemos que el verbo prohibir forma parte de la libertad de los pueblos, y, de la misma manera que prohibimos otros actos malvados, también es lógico, necesario y ético prohibir el festival de sangre que acaba con la muerte violenta de un toro.
No se trata de hacer una sociedad más prohibitiva, se trata de hacer una sociedad más sana, más humana y, sencillamente, más justa. No tengo, pues, ninguna duda en que la carnicería del toreo tiene que ser prohibida, y por ello formo parte de la campaña del PROU, que ya ha conseguido cerca de 200.000 firmas.
Ninguna sociedad decente puede asumir, como normal, que existan espectáculos de tortura y muerte de seres vivos, aunque sea una costumbre antigua y forme parte del ADN colectivo más embrutecido. Aceptar esa normalidad es aceptar la maldad como forma de tradición, lo cual es inadmisible.
Más allá de este debate legal, la contingencia nos lleva al actual paradigma de esta carnicería, cuyo paso por Barcelona tuvo aires de conquista chulesca. José Tomás vino, perpetró su festival de sangre, y enloqueció a un público que sabe, perfectamente, que es la absoluta minoría de este país.
Al respecto, alguna consideración. Por ejemplo, sobre la provocación. No me impresiona que Tomás rete a la sociedad catalana, y venga a Catalunya para plantar la bandera de una fiesta cruel y obsoleta.
Al contrario, me parece lógico que se preocupe por la ofensiva catalana contra esta práctica, no en vano ponemos en peligro su millonaria inversión. Que venga, que se fotografíe con sangre de animales que ha matado, que enseñe sus pobres orejas cortadas, que perpetre un espectáculo de testosterona primitiva, que recuerde al mundo la condición salvaje del ser humano, que festeje con la agonía de esos pobres toros, condenados inútilmente, víctimas del gusto por la barbarie.
Que venga siempre, cada día, cada semana, en todo momento, que se agoten sus entradas, que haga caja, que venga hasta que la decencia, el respeto a los animales, y el sentido de justicia, triunfe por encima del gusto a la muerte.
Tanto Tomás como sus seguidores saben que es cuestión de tiempo, saben que están en el lugar equivocado del mundo, allí donde no habita la caridad. Saben que los pueblos avanzan, y que por el camino de la civilización, abandonan prácticas miserables, que los habían embrutecido como sociedad.
Tanto Tomás como los suyos saben que un día no existirá esta tortura gratuita y brutal. Y por eso están a la defensiva. Lo cual es una buena noticia. Significa que estamos cerca.
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La víctima
es el oso |
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Sobre la captura de la osa Hvala en el Pirineo |
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La Vanguardia
29 octubre 2008 |
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Según parece Hvala significa "gracias" en esloveno. Aunque dudo mucho que la osa que estos días es perseguida, con profusión de medios, por el Pirineo catalán, tenga demasiados motivos para dar las gracias a los seres humanos.
En realidad, ¿puede darlas algún animal? El ser humano se ha convertido en una especie de virus brutalmente agresivo y violento, que destruye todo a su paso, entorno, vida, ecosistema... Nuestra capacidad de destrucción de la biodiversidad va pareja a nuestra falta absoluta de conciencia de lo que ello significa, y así vamos caminando por el planeta, dilapidando el patrimonio biológico que no nos pertenece.
Lo que está ocurriendo estos días en el Pirineo catalán con la osa Hvala es un triste ejemplo de esta jauría humana en la que nos hemos convertido, y donde
cualquier otra vida que no sea la de nuestra especie, es despreciada hasta la muerte. Resulta más que evidente que, en este caso, las víctimas de la violencia permanente han sido los osos, cuya persecución por parte de los cazadores,desde que fueron reimplantados, no ha cejado ni un momento.
A pesar del vocerío con que claman algunos responsables políticos de Val d'Aran, como el propio síndic Francesc Boya –el populismo siempre ha dado réditos a la política–, lo cierto es que el balance, según el detallado informe de Depana, es una auténtica vergüenza para el Pirineo catalán. ¿Hacemos el repaso? En 1997 la osa Melba fue abatida por un cazador, mientras estaba con sus tres cachorros. Uno de ellos también murió.
En el 2004, Papillón, el último representante de los osos autóctonos, fue también tiroteado y murió. Ese mismo año, la osa Canelle fue abatida cuando defendía a uno de sus osos del ataque de los perros de los cazadores. En el 2007, Franska murió atropellada, y en la autopsia se descubrió que estaba llena de perdigones. Y no hace más de un mes, el oso Balou fue tiroteado en otra batida, y desde entonces sobrevive herido.
Finalmente, nadie sabe qué pasó exactamente con el encuentro entre la osa Hvala –probablemente embarazada– y el cazador de Les, pero se sabe que se produjo después de una cacería de jabalíes, y que la información dada a la prensa es, en el mejor de los casos, muy sesgada. Como dijo Depana en su comunicado, "la reciente agresión responde a una reacción propia de miedo del oso, y en ningún momento a un ataque gratuito, porque, si fuera el caso, el oso no habría provocado heridas leves al cazador".
Ciertamente, como muestran todos los informes de seguimiento, los osos del Pirineo no han representado ningún problema para el ser humano, y su contacto, inclusovisual, ha sido prácticamente nulo.
Muy al contrario, el oso percibe la presencia humana mucho antes que nosotros, y siempre huye del contacto. En Cantabria, donde hay alrededor de 130 osos, no existe ningún problema. Está claro, pues, que todo el jaleo mediático que han montado desde el Pirineo, convirtiendo al pobre ósbru en una especie de peligro para la humanidad, responde exclusivamente a los intereses de los lobbies de cazadores, auténticos enemigos de su presencia en la zona.
Desde que el oso volvió a los Pirineos, después de haber sido cazado sistemáticamente durante siglos, fue el objetivo de estos grupos de presión cuya actividad cinegética intenta patrimonializar toda la zona. No se trata de que el oso sea un problema, que no lo es. Se trata de que perciben los Pirineos como un coto cerrado de caza.
A partir de ahí, la excitación se dispara. Hablan de la pérdida de actividad ganadera, como si el oso tuviera algo que ver en el hecho de que muchos ganaderos han dejado de ordeñar vacas, para ordeñar al turismo, mucho más suculento en estos tiempos. Aseguran que no es compatible su presencia con la del ser humano, y venden una película que sólo se puede comprar en el mercado de la demagogia.
Nada de ello es cierto. Porque, como se ha demostrado en todos los países donde el oso convive con el hombre, desde Cantabria hasta Eslovenia, desde Francia hasta Italia, desde Bulgaria hasta Alemania, etcétera, este no ocasiona ningún tipo de problema. Al contrario, enriquece la biodiversidad de las zonas donde convive y, por ende, enriquece su patrimonio natural.
Sin embargo, en la Catalunya pirenaica algunos parecen haber enloquecido. Gritando todos a una, cual Manelic de la tierra alta, "que viene el oso", han conseguido que se inicie una persecución contra la pobre Hvala, que, además de no ser legal –como demuestran las denuncias en los tribunales, por parte de Depana y Avalón–, es paradigmática -el alma salvaje que aún llevamos dentro. ¿O alguien duda de que el ser salvaje es el ser humano?
Lo peor no es la histeria desatada, lo peor es que la Generalitat haga suya esa histeria. Y además, aprovechando el Pisuerga, los voceros del miedo aseguran que es el momento de sacar al oso del Pirineo. ¿Por qué no piden que también desaparezcan los excursionistas, especie que tiende a ponerse altamente nerviosa cuando topa con una jauría de cazadores? Porque hay algo que no podemos olvidar y es que el Pirineo es patrimonio de todos, y no sólo de los que se divierten matando animales. También lo es de los que amamos la vida.
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Toros, dolor y rabia |
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Sobre las corridas de
toros
y los encierros |
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La Vanguardia
4 junio 2008 |
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Original |
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Ese es el arte del toreo, el arte de no tener piedad, de gozar con la sangre, de volver al reptil que llevamos dentro. No hay grandeza en el toreo. Sólo hay dolor y muerte.
A miles de kilómetros de distancia, la foto resulta aún más extraña, como si ese tipo de crueldad gratuita fuera algo ajeno, irreconocible. Este país, la vieja Sepharad, que ya ha cabalgado tanto por los caminos de la modernidad, parecía que se había liberado de algunas de sus bajezas. Sin embargo, viendo la campaña que Animanaturalis ha creado para concienciar sobre la maldad del toreo, con una cantante -Alaska- cuya espalda desnuda es banderilleada sin piedad, viéndolo, la realidad se presenta sin paliativos, con toda su crueldad.
Estoy en Estados Unidos y hace poco he podido escuchar, en vivo, a John McCain. Cuando salga este artículo, tendré el excepcional honor de escuchar a Hillary Clinton y a Barack Obama juntos y en directo, en la convención sobre Israel, en la que estoy participando. Mientras reflexiono sobre las palabras del candidato republicano, pausado en las formas, rotundo en los fondos, retorno a esa Alaska ficticiamente torturada. "Pondría banderillas a escala, a los que dicen que el toro no sufre", dice Alaska, y la entiendo hasta la rabia.
No sólo el toreo resulta una disciplina vinculada a la tortura y a la muerte pública, sino que encima se reviste de un cuerpo argumentativo delirante. En los debates sobre corridas de toros que he protagonizado en mi vida - incluyendo los parlamentarios, donde intenté, sin éxito evidente, prohibir el pase de corridas durante la franja infantil televisiva-, siempre me he topado con este discurso estratosférico: "El toro no sufre, porque tiene un sistema nervioso que le permite controlar el dolor"; "disfruta porque esta preparado parar luchar"; "si no fuera por las corridas, no existiría su raza", y algunas otras lindezas tan marcianas, que merecerían encabezar el ranking de la imbecilidad humana.
Ni me preocupo por rebatir la evidencia del terrible dolor que sufre cualquier animal, cuya sensibilidad nerviosa es compleja y está plenamente desarrollada. Un toro llega a sentir, incluso, el cosquilleo de una mosca en su cola, ¡qué sentirá cuando le clavan banderillas en el lomo, le hunden una lanza hasta el pulmón, para desangrarlo lentamente y sacarle fuerzas, le gritan energúmenos que disfrutan con su dolor, y lo abandonan a su suerte de víctima para el sacrificio! Sentirá lo que cualquier ser vivo, la crueldad extrema de la tortura y el zarpazo de la agonía final. Quizás, también para un toro, como para cualquier ser torturado, la muerte es finalmente el descanso. En la arena, su dolor solitario. En la grada, la feliz alegría de la jauría humana.
Me pregunto por qué motivo los amantes del toreo no asumen su gusto por la crueldad. Esos intentos penosos de puertas de atrás, de inventarse justificaciones esotéricas, no les otorgan más razón, los dejan más en evidencia. Como si fueran el rey desnudo, intentando ponerse un inexistente vestido, para tapar sus vergüenzas. Pero las vergüenzas están al aire. ¡Asúmanlo! Les gusta el dolor, la crueldad gratuita, la muerte y no sienten ninguna caridad por la víctima. Asuman que les gusta dejar aflorar el cerebro reptiliano y que, por un rato, se olvidan de su condición civilizada. Asuman, los amantes del toreo, que quizás hubieran jaleado el circo romano, que también gustaba de la sangre en el ruedo, porque no hay tanta diferencia cuando se trata de disfrutar matando. Asuman que su disfrute sólo aporta dolor, y nada aporta a los valores de una sociedad. El toreo es malvado, y llamarle arte es un tortuoso sarcasmo.
Por supuesto, que nadie se confunda. No combato ese macabro gusto por mi condición de catalana. Catalunya forma parte de las tierras que gustan de la tortura animal, y ahí están los toros embolados o ensogados que se practican en las Terres de l´Ebre, y que compiten en crueldad con el propio toreo. ¡Vergüenza genuinamente catalana! Es absolutamente irrelevante si en Figueres tuvimos plaza de toros antes que en ningún lugar, o si hay catalanes pata negra que aman las corridas, porque lo sustancial no es la identidad del espectador, lo sustancial es su esencia: en todos los idiomas se puede gozar con la tortura.
No puedo evitar mostrar mi honda tristeza por la desprotección de los niños ante las corridas de toros. Conozco bien el tema, porque lo combatí cuando estaba en el Congreso, y en este sentido hemos caminado sensiblemente hacia atrás. Antes de que José Luis Corcuera - profuso amante de los toros, a la par que amigo del fútbol en compañía vitícola- cambiara la ley, los niños menores de 7 años tenían prohibida la entrada. Sorprendentemente, la España "de antes" se preocupaba por preservar a los niños de un espectáculo que carecía de cualquier atisbo de caridad.
Pero con nocturnidad y alevosía, dentro de un paquete general de cambios de la ley, Corcuera levantó la prohibición, y ahora los niños pueden aprender, desde bien pequeños, lo bonito que es torturar a un animal, oír sus gritos de dolor, ver cómo se desangra, cómo le flaquean las piernas, cómo mira sin entender, y finalmente cómo muere. Ese es el arte del toreo, el arte de no tener piedad, de gozar con la sangre, de volver al reptil que llevamos dentro. No hay grandeza en el toreo. Sólo hay dolor y muerte. |
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La escopeta nacional |
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Sobre la caza |
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La Vanguardia
2 marzo 2008 |
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"Cada año se esparcen unas 50.000 toneladas de plomo, lo que provoca la muerte de más de 40.000 aves acuáticas."
"Los que salen a manifestarse no están defendiendo una actividad que les gusta, la caza, porque ninguna ley la ataca. Salen a defender caducos privilegios de casta: la de los que creen que las leyes proteccionistas son cosas de siervos."
Escribo este artículo sin saber si son muchos los que han salido de caza mayor. Hoy (por ayer) los cazadores de la escopeta nacional, esos que invitan a grandes fortunas europeas a sus cotos privados y organizan monterías con nostalgia de No-Do, amenazan con cazar una pieza mayor: quieren cazar a la ministra Cristina Narbona.
Están en pie de escopeta, y su sonora indignación es por la restricción de cazar con perdigones de plomo en los humedales protegidos, tal como plantea la nueva ley de Patrimonio Natural. Puede que les funcione la manifestación, no en vano son los mismos que llevan toda la legislatura ocupando calles, que si un poco de obispos, otro poco de familia, otra más de terrorismo, y así aprendiendo a protestar, que en la oposición se vive muy duro. Por supuesto, no es nada casual montar esta manifestación en plena campaña electoral, como tampoco lo es que los anfitriones de la caza mayor sean todos amigos y residentes en la calle Génova. Por un día, pues, dejarán sus mansiones, sus muchos perros de caza, sus caballos, sus amigos millonarios del colorín y asaltarán las calles de Madrid al grito pelado de "Por el campo, la caza y la conservación". Quieren usar el plomo en los humedales protegidos, porque para eso son las grandes fortunas del país, y sus cacerías no están sometidas a la bondad medioambiental.
No esconderé mi rechazo frontal, mi repugnancia, hacia la caza. Nunca entenderé que, para divertirse, alguien necesite matar a un ser vivo. El miedo, el sufrimiento, la agonía de un animal perseguido y cazado, con el único fin de divertirse, son la expresión de un acto bárbaro, la constatación definitiva de que el más primitivo de los seres vivos es el humano. Pero, a pesar de mi pública posición respecto a la actividad de la caza, no considero que todos los cazadores tengan la insensibilidad, ni la prepotencia, de los que hoy quieren manifestarse. La ministra Narbona no ha planteado una ley contra la caza; ni siquiera una ley que la ordene o la acote. ¡Ya quisiéramos algunos una ley más restrictiva! Lo único que se plantea en la ley de Patrimonio Natural y Biodiversidad es ampliar la prohibición que ya existía desde el 2000 de usar perdigones con plomo en algunas zonas de caza. Ni siquiera se prohíbe en todo el territorio nacional, como ocurre en Dinamarca u Holanda, o en todos los humedales, como pasa en Austria, Alemania, Francia y otros países. Muy al contrario, es una ley tan tímida que sólo plantea prohibir el uso de este contaminante en el 0,1% de todo el territorio español. Los humedales que se quieren proteger son los de la Red Natura 2000, que incluyen los hábitats de las aves acuáticas migratorias de África y Asia. Es decir, esta ley, contra la que se manifiestan los hidalgos de la escopeta nacional, es la más flexible, tolerante y menos comprometida de toda la Unión Europea. A pesar de ello, es un avance.
Vayamos a los hechos. El plomo es un material pesado extremadamente tóxico para los organismos vivos. Contamina el suelo, las aguas, los microorganismos, la flora y la fauna. El envenenamiento por plomo es, hoy por hoy, la principal causa de la muerte masiva de aves acuáticas. Según los datos de Medio Ambiente, cada año se esparcen unas 50.000 toneladas de plomo, lo que provoca la muerte de más de 40.000 aves acuáticas. La leve restricción que Cristina Narbona plantea no impedirá que se continúen contaminando acuíferos, aguas subterráneas, ríos y tierras con plomo, pero al menos intenta salvaguardar los humedales más importantes donde habitan estas aves. Impedirían, así, una parte importante de las muertes. Todo ello a favor de todos, de los proteccionistas, porque salvaguarda muchas vidas. De las propias aves, como es evidente. E incluso, ¡oh, ironía!, de los mismísimos cazadores, cuya fauna para perseguir sería más sana y abundante. Y esta última frase, si me permiten la confesión, la digo con la nariz tapada. Para acabar, los que salen a manifestarse no están defendiendo una actividad que les gusta, la caza, porque ninguna ley la ataca. Salen a defender caducos privilegios de casta: la de los que creen que las leyes proteccionistas son cosas de siervos. |
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SOS para los galgos que van a morir |
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Sobre el cierre del canódromo de Maridiana (Barcelona) |
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El País
25 febrero 2006 |
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Lo sé. Sé que el mundo hierve y que las noticias nos llegan con el color agrio del conflicto y la polémica. En estas circunstancias revueltas, ¿no es un lujo perder un espacio privilegiado de opinión hablando de galgos y sus muchas desgracias? Así me lo decían algunos amigos que me quieren la última vez que les hablé de animales, bestias humanas y su gusto por la tortura. Y sin embargo, no tenían razón. Nadie puede aspirar a salvar el Amazonas si no se conmueve por el frágil equilibro del jardín de su casa. Y por mucho que nos motiven los horizontes lejanos a los que aspiramos, la sensibilidad no es un sentimiento en la larga distancia. El sufrimiento cercano, la violencia gratuita, son dagas que hieren en lo más profundo, y uno no puede ni debe jerarquizar su sensibilidad, como si la pudiera sentir de forma selectiva. Me conmueve el dolor ajeno, y sí, incluyo en el dolor ajeno a esos humanos peludos que nos acompañan, con lealtad inmerecida, por el tortuoso camino planetario.
El dolor ajeno, hoy, tiene una figura estilizada, una mirada vivaz, un sentido agudo de la fidelidad y un miedo profundo. No es un galgo, sino cientos, y su última noticia negra es el futuro incierto que les espera. Ha cerrado el último canódromo que existía en España, el canódromo de la Meridiana, donde 700 galgos dejaban su piel para que unos cuantos hombres de bien se forraran con su vida al galope. Una vida, la de estos animales dedicados sólo a correr, sin otro espacio que la jaula que los encierra y el incentivo de plástico que los impulsa a la carrera. Obligados a darlo todo hasta que no pueden dar nada más, nunca tienen una segunda oportunidad, más allá de formar parte de las jaurías de caza que los usan, y después los tiran por los montes de España. Por dar un solo dato, daré el más terrible: el galgo es el perro torturado y muerto con más frecuencia en nuestro país. Se torturan alrededor de 50.000 al año. ¿Cómo? Aparte de la vida en condiciones deplorables que padecían en el canódromo de Barcelona (denunciado permanentemente por la organización SOS Galgos), los galgos son vendidos a los cazadores, que los usan hasta que los consideran "sucios" y no sirven. Su final, a partir de ahí, es siempre el mismo: atados a árboles hasta que mueren de hambre y sed, ahorcados, tirados a pozos, etcétera. Así explicaba su última experiencia una asociada a SOS Galgos: "Yendo en mi coche, cerca de Villaviciosa vi a un galgo en la carretera. Paré y, al acercarme, el animal reculaba. Se repitió la escena hasta que entendí que quería que lo siguiera y así lo hice. Me llevó hasta un árbol donde estaba atada una perra de su misma raza, casi agónica. El macho mordía la cuerda con desesperación para intentar liberarla, y esa situación debía de durar días. Pude salvar a la perra y me quedé con los dos". Este relato cruento es la crónica cotidiana del final de estos animales.
Ahora nadie sabe cuál será el destino de los 700 galgos del canódromo de Barcelona, pero temer lo peor no es arriesgado. Sabemos, sin embargo, cómo han vivido, en jaulas de un metro cuadrado toda su vida, con gallas en el cuerpo, sin casi dientes porque la glucosa que se les proporciona para que corran les destroza la dentadura y, siendo animales enormemente sensibles, acompañados siempre de una soledad profunda y de un miedo atroz. Resulta extraordinario contemplar cómo animales que han vivido así seis, siete años de su vida, llegan a ser tan increíbles en su bondad cuando se les da la oportunidad de ser amados. Dicen los que luchan por ellos que son los mejores animales de compañía que existen. Pero ¿llegarán a tener esa oportunidad? De momento, los responsables del canódromo afirman que los venderán al canódromo de Casablanca, cuyas condiciones aún deben de ser más deplorables. Es decir, como no han tenido suficiente con explotarlos hasta el límite de sus fuerzas, ahora que han cerrado pretenden mercadear con su vida un poquito más. Y si no sirven, conocemos el final. Las organizaciones que trabajan activamente para darles una segunda oportunidad, y que ya han conseguido salvar a cientos de ellos desde que empezaron su lucha cuando se cerró el canódromo de la plaza de Espanya, piden que les permitan actuar. Sólo piden eso, poder salvar sus vidas, buscar familias que los acojan -generalmente en el extranjero, donde saben apreciar la bondad de estos animales- y otorgar un poco de amor a su profunda tristeza. Lo hacen por convicción, sin prácticamente ayudas, ante la indiferencia de la mayoría de nosotros, con la pasividad más absoluta de las administraciones, y sin embargo, lo consiguen. Los pequeños milagros, en forma de galgos que aprenden a confiar en los humanos, a jugar con niños, a subirse a un sofá, a morir con un poco de dignidad, esos pequeños milagros representan fragmentos de belleza en este mundo sórdido. Personas como Anna Clements, Albert Sordé, Carmen Urbano y tantos otros dedican su tiempo y su esfuerzo para que la crueldad no triunfe completamente.
Apelaría, si me viera capaz, a la conciencia de los que tienen ahora a los 700 galgos del canódromo. A sus dueños, que los han mantenido en situación límite para ganar unos euros. A las administraciones, que han permitido el abuso con total impunidad. A nosotros, que quizá ni sabíamos de la bárbara vida y muerte de estos animales. De vez en cuando existen esos raros momentos en que uno puede arañar algo parecido a la bondad. O como mínimo, puede acotar la maldad. Éste es uno de ellos. Solo son 700 galgos que lo han dado todo por una vida de carrera. Están mal, pero aún podrían estar peor si nadie lo evita. Y sin embargo, ¡qué belleza cuando pueden amar y aprenden a ser amados! SOS Galgos los quiere ayudar. ¿Vamos a impedirlo?
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Llegan los bárbaros de Tordesillas |
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Sobre el Toro de la Vega de Tordesillas (Valladolid). |
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Avui
15 septiembre 2005 |
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“Tordesillas, lugar privilegiado”, anuncia con pompa la web oficial del pueblo. Y sin duda debe serlo, herido por la belleza del Duero y repleto de palacios de notable historia, entre otros, el que mantuvo encerrada a Juana la Loca hasta que murió. No tengo ninguna duda de que esconde rincones seductores, y que sus paseos son de denso y amable recorrido. Pero, como cualquier espacio vital repleto de muchas vidas en su rica vida colectiva, Tordesillas es, estos días, un pueblo oscuro, tenebroso, vinculado a la barbarie, a la maldad y a la violencia gratuita, contaminado por la sangre que ha decidido hacer correr para perpetuar su honda vergüenza. Quizás sea un punto bello en la geografía, pero hoy lo siento como un agujero negro cuya voracidad devora toda la belleza que podría tener. No. No es bella la crueldad. No es bonita la fiesta, si la fiesta se convierte en la expresión pública del horror, de un horror sin discusión, sin otro matíz que el de intentar disfrazarlo con pretendidas tradiciones centenarias, tradiciones cuya única virtud es permitir “legalmente” expresar los instintos más primitivos. Ciertamente podríamos embrollarnos en espesas discusiones sobre el concepto de tradición, pero éste es un debate falso, porqué ninguna tradición puede amparar a la maldad.
¿Qué fiesta es la que, anteayer, a las once de la mañana, enfervorizó al nutrido grupo de bárbaros que la perpetraron y al público igualmente bárbaro que la disfrutó? Tiene que ser un toro de más de 500 kilos, un animal noble, robusto, capaz de aguantar durante mucho tiempo los golpes de palos de la enloquecida gente que lo embiste. Es decir, resulta imprescindible que sea un animal fuerte para que aguante más tiempo la tortura, no fuera caso que muriera pronto y se acabara la fiesta. El ayuntamiento, en un alarde de civilidad notable, plantea normas a la barbarie: el animal no puede ser embestido con tractores y no puede ser golpeado hasta que llega a un determinado lugar. Y a partir de aquí, decenas de golpes hasta acabar con su vida en una larga y terrible agonía. Este es el relato que nos hacía uno de los periódicos de la zona, justo acabado el evento: "Todo ha comenzado a las 11 de la mañana. A esa hora se ha soltado el animal en la plaza. Los caballistas van acompañando al toro hasta que llega a una zona de campo. Ahí entran en acción los vecinos con las lanzas. Son lanzas de 30 centímetros de hoja y sirven de espolones para acabar con el toro. En esta ocasión, como casi siempre, el toro no se ha salvado. Y ha caído muerto, sangrando por todo el cuerpo". El afortunado personaje (este año respondía al bonito nombre de “el viti”) que consigue dar el golpe mortal al desgraciado toro, tiene el derecho de arrancarle los testículos y, en un alarde de testosterona macabra, mostrarlos orgulloso hincados en el extremo de la pica. Dicen que esto último no está permitido últimamente (el sadismo tiene su corazoncito), pero continua practicándose. Finalmente, el Ayuntamiento otorga al ganador una insignia de oro y lo obsequia con una lanza de hierro forjado. Dicen que todo ello ha sido visto y disfrutado por miles de personas.
Expreso mi dolor profundo. Pero no solo por la muerte salvaje de un animal noble, por el espectáculo de la crueldad convertido en fiesta y jolgorio, por el ritual público y asumido de la tortura. Expreso mi dolor profundo por la derrota de la belleza en manos de la más profunda fealdad, por la derrota de la humanidad en manos del instinto salvaje, por la estricta y pura derrota de la bondad. Que un personaje sin nada en el alma, capaz de perseguir brutalmente a un pobre animal con lanzas, y capaz de conseguir el honor de ser el que finalmente lo mata, que este personaje se convierta en un héroe premiado por el Consistorio, envidiado por sus vecinos y mimado por los colegas, quiere decir que estamos realmente mal. Quiere decir que Tordesillas es un pueblo embrutecido, envilecido, vergonzoso. Quiere decir que su gente no es capaz de reaccionar ante su propia barbarie, quiere decir que no existe masa crítica, quiere decir, en definitiva, que hace buena la leyenda de qué el ser humano es el más malvado de los animales.
Podríamos hablar de lo que significa educar en la tortura. Podríamos pararnos en reflexionar sobre la pedagogía de la violencia, sobre esos niños educados en el desprecio a la vida, envilecidos desde pequeños con el espectáculo de la muerte. ¿Podríamos? Podríamos decir por enésima vez que el respeto a los animales es una responsabilidad ética y una obligación moral. Podríamos hablar de la obligada revisión de las prácticas tradicionales que son la excusa para la crueldad pública. Pero, si me permiten, siento una profunda fatiga, la fatiga de todo lo dicho tantas veces, de lo expresado desde el dolor y la rabia, la fatiga de estar convencida de qué las palabras no hacen mella en el reino de los instintos primarios.
Tordesillas puede disfrazarlo como quiera. Puede poner sobre la mesa desde intereses económicos hasta tradiciones centenarias. Puede explicarnos, fuera de micrófono, que ningún alcalde se atreve a enfrentarse a la tradición. ¿No es esa misma, la excusa que ponen los alcaldes catalanes que permiten y potencian la bárbara práctica de los toros ensogados y embolados? Y si me apuran, Tordesillas hasta puede hacernos creer que el toro se lo pasa fantásticamente hasta el día de la feroz agonía. Se pueden encontrar tantas excusas como densa imaginación hay en la gramática del sadismo. Pero lo que queda, desnudo de todo, es un animal noble, con todo el cuerpo brutalmente vapuleado, repleto de heridas sangrantes, muerto por decenas de golpes, sin otra culpa que haber nacido en un bello rincón del Duero, repleto de bárbaros. Pueden ser bárbaros pasados por la tecnología, con telefonía móvil y conexión a Internet. Pueden formar parte de la corrección política y hasta ser gente de orden y de misa. Pueden ser pacíficos, simpáticos y seductores. Pueden ser el mejor pueblo del mundo. Pero, ante el Toro de Vega, son el mejor pueblo del mundo, repleto de bárbaros. |
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Conseller Salvador Milà: el horror de fuego |
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Sobre los correbous en Catalunya. |
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El País
24 julio 2004 |
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Esto empieza a funcionar. En poco tiempo se ha despertado el corazón indómito de ese león que puede ser Maragall, y nos ha dado algunos momentos de alta política. Avanzan proyectos, se calman polémicas, se recupera el papel en la España que quiere escuchar, y el ejecutivo empieza a parecer lo que soñó que quería parecer: un gobierno con ideas para un estadio nuevo de la historia de este país. Quizás era cuestión de tiempo, y tenían que superar los idus de marzo para alcanzar la madurez. Sea como sea, y verano en ciernes, un año después la política está volviendo a la política.
Veremos. Mientras vemos, y entramos con laxitud en ese estadio cercano al sopor feliz, que son las vacaciones, nuestras tierras abren las puertas, también, a uno de sus momentos más crueles de su jolgorio, como si el placer de los mortales sapiens estuviera íntimamente ligado al dolor, la tortura y el escarnio del resto de alma nobles que habitan el planeta. Este artículo es un SOS desgarrado al conseller Salvador Milà, uno de los miembros más sensibles, activos y resueltos del gobierno catalán. Me consta que tiene la cartera repleta de serias intenciones, que no calienta silla, sino que pisa tierra, y que su voluntad es llenar el cargo de proyectos, y no pasearse por él. Pues bien, querido Salvador, esta vieja tierra y este nuevo ejecutivo tienen una asignatura pendiente con uno de esos temas que, presupuesto en mano, se consideran menores, pero cuyo calado en la dignidad de un país es de fondo. Me refiero a lo locura de toros embolados y ensogados que, este verano, poblaran de vergüenza las Tierras del Ebre y, con ellas, todo nuestro paisaje colectivo. Te lo voy a explicar sucintamente. La nueva ley del 2003 de protección de los animales, especifica la protección por la “sensibilidad física y psíquica” de los animales. Contempla los correbous, pero prohibe “inferir daño”. Aunque los correbous contemplan muchas modalidades, tanto los ensogats como los embolats, son de tal crueldad física y psíquica, que no caben en ninguna ley mínimamente seria y, desde luego, no caben en nuestro propia ley, texto en mano. Como parece que el sufrimiento animal nos duele a muchos pero, para tolerarlo, esquivamos su conocimiento, te explicaré el proceso: atan al toro por los cuernos, lo meten en un camión, lo llevan al recinto de torturas, y allí lo atan a un poste, le colocan los ferratges, o artilugios con bolas impregnadas de material inflamable. También le ponen cohetes artificiales. Encienden las bolas de fuego, sueltan al toro, y a los pocos segundos, además de esas bolas, se le encienden automáticamente los fuegos artificiales, con chorros que alcanzan los 4 ó 5 metros de altura y que luego envuelven al animal. Cuando se apagan los cohetes, las bolas de fuego siguen encendidas... y torean al pobre animal hasta que se le apagan. No tengo que decirte que los animales mugen desesperados, cocean, saltan como si fueran caballos de rodeo tratando de quitarse los artilugios de fuego. Etc. En cuanto a los capllaçats atan a los toros por los cuernos con una gruesa soga atada a su vez a otra que tiene dos bifurcaciones, de modo que si quieren que el animal tire para la derecha, tiran de una, si quieren que vaya para otro lado, pues de la otra. El animal termina con la cepa del cuerno desollada y los músculos del cuello desgarrados. El estrés es tan grande que acaba agotado, con la cabeza baja, con la lengua sacada y babeando, demostraciones de un estrés inimaginable. Estas son las fiestas que divertirán a los más salvajes de nuestros ciudadanos, quizás padres de familia de orden, buenos catalanes patriotas, jóvenes en plenitud de pasión, pero motivados por unsentimiento bárbaro. Porqué solo desde el sentimiento bárbaro uno puede justificar la diversión a través de la tortura. Y si hay niños en las fiestas, entonces la tortura es doble: tortura al animal y tortura a la infancia.
Me consta que lo sabes, conseller, o tendrías que saberlo. ¿Has visto los videos que te han enviado ANPBA, la organización animalista que lucha sin descanso para acabar con esta locura?
En el aspecto más político, las denuncias que te hago son rotundas. Si la proliferación de toros embolats y capçalats se perpetra este año, como parece, significará que estás haciendo dejación de tus responsabilidades. Me llegan informaciones de que en algunas zonas quieren hacer hasta 15 bous embolats en las fiestas mayores e incluso un concurs nacional d´emboladors, que añadirán cuatro o cinco animales torturados más, y que se han sacado de la manga pero que convertirán en “tradición” secular en dos días. Por cierto, que me resultaría igual que fuera tradicional o no este circo repugnante del embolat, pero ni tan solo es así. Es una fiesta valenciana que en los años 70, sin ley de protección en mano, traspasó a las Terres de l´Ebre. La Fiscalía de la Audiencia Provincial de Tortosa da la razón a ANPBA y a todos los que luchan contra esta barbarie, pero el delegado del Gobierno, el ínclito Lluís Salvadó, se ha lanzado a tranquilizar a los seguidores: ya ha autorizado varios y continuará. Dice el hombre, en su infinita bondad que lo que es maltrato es “lanzar objetos a los toros”, pero quemarlos, aterrorizarlos, ensogarlos, tirarlos, todo eso es una lindeza mola mazo que, como es evidente, divierte muchísimo al animal.
Salvador, bajo tu mandato se va a torturar salvajemente por fiestas. Públicamente, sin complejos, con toda la alegría que da la exhibición pública de la barbarie colectiva. La “resolución” sobre correbous que prohibiera estas dos modalidades, no solo es urgente, sino que es una obligación legal (ley en mano), política (ética en mano) y moral (dignidad en mano). Espero que seas coherente con la imagen que has dado de ti mismo, y que no permitas que el sur catalán se convierta, nuevamente, en el paisaje de la vergüenza nacional. Me consta que son muchos los catalanes del sur que están contra tal ignominia, y, sin duda, son absoluta mayoría los ciudadanos del país. Ese toro que va morir, previo ser quemado, gritado, enloquecido, brutalmente tirado, te mira aunque no lo veas. Lo van a torturar los tuyos, los míos. Con total impunidad. Sin ningún otro motivo que su propia barbarie. Sin ninguna otra justificación que los intereses económicos de algunas fortunas ganaderas, la connivencia de algunos responsables políticos, y el silencio de la gente de bien. Ese toro te mira, Salvador, en su sufrimiento inmenso, y si él no te pregunta, te lo preguntaré yo: ¿hasta cuando? ¿Porqué? La Cataluña bárbara no tiene cabida en un país digno. Y mientras exista, este país será indigno.
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La Cataluña bárbara |
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Sobre el maltrato a los animales en Cataluña. |
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El País
19 pctubre 2002
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El denso y bien aguerrido ejército de personas que no entienden qué puñetas hacemos algunos perdiendo el tiempo en la defensa de los animales creerá que el artículo merecería causa más noble. Ciertamente, la Cataluña bárbara tiene muchas caras, algunas de ellas directamente conectadas a sus cloacas más oscuras. Nuestros niños de la prostitución, por ejemplo, nuevo paisaje de almas rotas que llegan en los camiones invisibles de las redes mafiosas para solaz de nuestra clientela de orden. O ese cuarto mundo que asoma su incómoda cabeza entre las rejas de la tierra que pisamos y que no vemos, porque es la negación de la mirada la que garantiza nuestra felicidad. Podría hablar también de la especulación urbanística que destruye nuestro litoral con la voracidad de la perversión económica, esos Cadaqués que lindan al norte con la corrupción y al sur con la pura y dura impunidad. O la barbarie de nuestro subsuelo contaminado a golpe de cerdo catalán, pata negra. O... Pero precisamente porque todo nos apela, nos concierne, nos compromete y nos indigna más que los pobres animales, nunca les toca a ellos nuestro compromiso y nuestra indignación. Y sin embargo, la Cataluña bárbara muestra su cara más ferozmente antropológica, su mayor vocación de Atapuerca, precisamente en la saña con que trata su elemento más frágil de la cadena vital, las otras vidas de la vida compartida.
Pero ¿cómo?, me dirán, Cataluña la grande, la que ama a los animales, la que hizo hace mil años una ley que se parecía a una ley sobre protección, la que ha conseguido parar a Távora y su obsesión por mezclar muerte y cultura, esa Cataluña ¿es bárbara? ¿No estamos muy por encima, en sensibilidad, de algunas tierras cercanas? Me temo, para desgracia de la autoestima, que Cataluña no solo está descuidando su vocación animalista -si la tuvo-, sino que está quedando muy por detrás de algunas comunidades consideradas otrora ejemplos de barbarie. La falta de autoridad del Gobierno que tendría que gobernar, su tendencia a mantener contentos a los lobbies económicos que presionan insistentemente, su miedo a perder tres votos y medio por culpa de algún toro de nada (aunque no le importe perder hacienda, votos y dignidad en un plan hidrológico) y, en resumen, la falta de interés respecto a la crueldad animal nos han llevado a la situación actual. Una situación que, entre sus muchas variantes -como la posibilidad de una granja de primates en Camarles, o el exterminio legal de miles de perros y gatos sin segunda oportunidad, o la esotérica proliferación de correbous nuevos-, tiene ahora un nuevo motivo para la vergüenza. Me refiero a esa variante de la crueldad sin refinamiento que son los toros ensogados (bou capçallat) y de fuego (bou embolat), que no sólo no han sido prohibidos por la Generalitat, sino que han crecido considerablemente con total impunidad. Las denuncias son archivadas (como la que la Asociación Nacional para la Protección y el Bienestar de los Animales presentó contra el Ayuntamiento de Alcanar, que la Generalitat se pasó por el forro) y en las zonas del Baix Ebre y el Montsià, donde esta práctica ha crecido hasta el 66%, sin poderse amparar en ninguna 'tradición', una ley tendría que prohibirla en su nuevo redactado, pero, ¡vaya por donde!, topa con el diputado de CiU Joan Maria Roig i Grau, casualmente alcalde de Amposta y amante de la barbaridad en cuestión... ¿Será por ello que sólo en Amposta la práctica de poner cohetes con fuego en la cabeza de los animales -que se vuelven literalmente locos- o de ensogarlos para que un grupo de bestias se dediquen a tirarles de los cuernos ha crecido el 40%? Y ello teniendo en cuenta que, ley obsoleta en mano, toda nueva práctica es ilegal. Pero claro, como resulta que en el sur del principado existen cinco de las seis ganaderías de toro bravo que anualmente destinan más de un millar de cabezas a los correbous, ¿quién es el convergente, malo, malo, que se pone a discutir con el dinero? Al fin y al cabo, por mucha retórica nacional-católica (con san Escrivá incluido) que se lleven a la boca, ¿no es la bandera financiera la que ondea en los despachos patrios?
Y así estamos, en este curioso país que se levanta por la mañanas tirando al suelo los viejos toros de Osborne que le queden en las montañas y por la noche disfruta con la tortura impune de animales nobles. Cataluña no sólo ya no es pionera en la lucha contra la barbarie animal, sino que empieza a consolidar un currículo de torturas que la convierte en envidia de otros bárbaros lejanos. Mientras comunidades como Castilla-La Mancha, Castilla y León (que sólo permite alguna excepción si se puede demostrar una antigüedad ininterrumpida de más de 200 años) e incluso Madrid han legislado contra los toros embolados o ensogados, han sancionado a los que incumplían la normativa y han actuado con rigor, Cataluña permite el aumento indiscriminado de la práctica, no sanciona, no censura, archiva denuncias y, en definitiva, pasa olímpicamente de la degradación que lentamente vamos padeciendo. Por un lado, esa falta permanente de autoridad que demuestra la autoridad catalana, capaz de proclamar la República en sus sueños de verano e incapaz de levantar un expediente a un empresario amigo. Por el otro, la falta de sensibilidad respecto a la tortura contra los animales, por mucho antitaurino suelto que haya por estos lares. Y finalmente, el gusto por lo bárbaro, creciente en estos tiempos de muerte de la inteligencia. Así nos va hoy por hoy: matamos más toros, los quemamos más, los ensogamos más, pero somos los mejores.
Señor Joan Maria Roig i Grau, esto es una barbaridad. Eso sí, una barbaridad muy catalana.
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La basura que
no quieren
en Francia |
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Sobre la granja de
monos de Camarles. |
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El País
29 junio 2002 |
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No será la primera vez que nos llega la basura que no quieren en otros lados. Como esa basura, en forma de purines, que nos envían Holanda y Alemania con sus lindos cerditos engordándose y cagándose en nuestro subsuelo, para que después sus ciudadanos, libres de contaminación, puedan comer pata negra auténtica. Y todos contentos, que ahora en Cataluña ya somos 12 millones de cerdos. La falta de sensibilidad mínima que nuestro país demuestra respecto a la sostenibilidad, al medio ambiente y, en definitiva, al futuro de nuestros hijos, me resulta el gesto más elocuente de irresponsabilidad de nuestros gobernantes. A lado y lado del puente aéreo, que si Cataluña es un desastre en materia medioambiental, con su patrimonio paisajístico destruyéndose en aras del dios especulación a ritmo de vértigo, lo de las Españas tampoco resulta harto tranquilizador. Pero ¿qué queremos en un país donde consideran fiesta y jolgorio el ritual de tortura y muerte pública de un animal noble? Quizá lo nuestro, lisa y llanamente, es una cuestión de pura falta de civilización...
Ahora nos llega la lindeza de la vivisección. Después de correr con su proyectito bajo el brazo y ser expulsado de las Europas con criterio, el Centre des Recherches Primatologiques Limited, bonita firma radicada en un paraíso fiscal de nada -una tal Isla Mauricio-, ha recalado en Camarles, localidad catalana famosa en su momento por tener de alcalde eterno -franquismo incorporado- al portentoso Primitivo Forastero, cuyo nombre era tan auténtico y bien dotado como el propio personaje. Que saliera por patas después de ser considerado culpable de prevaricación sólo es el detallito de última hora que nos tuvo en su larga y memorable carrera. Este artículo, pues, nace de la indignación, de la preocupación y, me atrevo a decir, de la militancia en el concepto tan vilipendiado de la moral pública. Es indigno que nos llegue a nuestro país lo que ningún otro país de Europa ha aceptado tener: una granja de cría y suministración de primates para la experimentación científica. Es preocupante que pongamos esa bomba de relojería para la salud pública que puede significar la exportación de primates en nuestra propia casa. Sí, ya sé que me dirán que lo suyo va a ser la cría en granja y no la exportación. Pero... primero tendrán que exportar, se supone, y segundo, ¿quién garantiza que no se convierta Camarles en un auténtico centro de blanqueo de primates, consiguiendo así la firma explotadora un certificado de origen europeo de los animales, más fácilmente colocables en el mercado americano, que si son primates africanos? En todo caso, la preocupación sanitaria está notoriamente justificada. Y finalmente, la moral pública tendría que sonrojarse ante la impunidad con que determinadas formas ilícitas de comercio campan por sus anchas en nuestra España va bien, como tendría que sonrojarse ante la inapetencia de la Administración por poner coto a la cosa. Camarles va a ser el salto europeo, el aval europeo a un comercio repugnante, basado en el maltrato inmoral de los animales y regido, no por criterios científicos, sino fundamentalmente financieros. El aval que ningún otro país había dado hasta ahora a la firma.
¿Por qué? Una se lo pregunta sobre todo teniendo en cuenta que la granja de primates de Camarles había sido previamente denegada por la Comisión de Urbanismo de Tarragona, con criterios legales más que solventes. Sin embargo, cambió el consejero de Medio Ambiente -de Puig pasamos a Espadaler-, cambió el director general -de Montserrat Candini pasamos a Pere Maluquer- y por arte de magia cambió el criterio de la Generalitat. A nadie se le escapa que los actuales propietarios del cargo no solo no tienen la misma sensibilidad que los anteriores, sino que tienen un cero patatero de sensibilidad ecológica. Maluquer, de momento, ha disparado todas las alarmas en el mundo del animalismo. Lo que resulta es un donde digo digo, digo Diego; la Generalitat se revisó a sí misma, dio el permiso y ahora la granja empieza a construirse. Por supuesto el marco legal es absolutamente débil -es de pena la ley de protección de los animales, que ni tan solo prohíbe la experimentación-, pero incluso con ese marco en la mano se podía denegar. Aún se puede, si el Ayuntamiento pide la nulidad del acta de la licencia, por diversos defectos, entre ellos la inexistencia del informe pertinente de Agricultura. Y por supuesto, quedan los tribunales.
Cosa que da, si me permiten, bastante pena, puesto que tener que llegar a los tribunales implica un rotundo fracaso: fracaso de Parlamento, fracaso de administraciones competentes, fracaso ¡ay! de moral pública. Decía el viejo eslogan catalán que el trabajo bien hecho no tiene fronteras, pero más bien lo que no tiene fronteras es la impunidad con que se puede atentar contra la ecología en nuestro país. País de agujeros negros en el marco legal de protección, país de gobernantes que aún creen que la sostenibilidad es una locura de cuatro amantes de la lechuga, país de tortura animal institucionalizada y ahora, parece ser, país plataforma donde recalar las actividades que el resto de Europa se sacude de encima. España va bien, dice este chico que últimamente viaja tanto y hasta aprende a destrozar idiomas codeándose con los ocho ricos más ricos. Va bien..., sobre todo bien cargada de abusos contra valores fundamentales que tendrían que garantizarnos un futuro sostenible. Lo de los primates de Camarles es la última vergüenza, tanto en la Pujolandia feliz, donde felizmente campa la especulación, como en el cierra España del paraíso aznarista. Así de contentos están los de la firma de San Mauricio: '¿Nadie quiere los primates para experimentación? Pues vayamos a España, que para el salvajismo animal, nunca falla.
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La chulería de Salvador Távora |
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Sobre la lidia de un toro en medio de la ópera "Carmen".. |
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El País
18 mayo 2002 |
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No soy antitaurina por mi condición catalana. Si hubiera nacido en pleno campo extremeño, y tuviera de hermana a la mismísima Cristina Almeida (por cierto, buena amiga), también opinaría como Manuel Vicent en este mismo periódico, o hasta como la reina Sofía, cuyo silencio en la materia está tan cargado de palabras. Por cierto, curiosa transversalidad la de los toros, que liga a republicanas irredentas con reinas en activo... Diré más, ni teniendo de amante al mismísimo Joaquín Sabina -sueño erótico de todas las féminas progres del planeta-, conseguiría éste acercarme a causa tan sanguinaria, tan irracional y tan intolerante. Algunas preferimos vivir nuestro lado salvaje no maltrantando animales..., como no sean señores que lo quieran y se dejen... Me pongo, pues, a tiro del verbo sarcástico de Joan de Sagarra, o de la punzante lanza de Albert Boadella, o de quienesquiera que defiendan los toros y piensen que los antitaurinos somos ese grupito de freaks de la verdura, medio antiguos, medio cretinos, incapaces de disfrutar con las fiestas auténticas. Pero que no se equivoquen: lo nuestro no es una cuestión de catalanidad pétrea, ni un caso típico de exceso de ceba, sino una actitud más de fondo.
Que la fiesta se haga en tierra catalana, y con sagarretas auténticos, o se haga en pleno Ronda, con toda la familia De Alba al completo, nos importa tres pepinos. Lo que importa es la sacralización de la violencia más irracional, el gusto por la tortura y la muerte, el disfrute ante la agonía de un animal noble, que chilla de dolor mientras va muriendo, porque hay quien confunde la antropología con la cultura. Goya retrataba el toreo como denuncia de una sociedad irracional. Ni a Goya entienden algunos. Si hablamos, además, de todo lo que rodea al toreo, de ese mundo de submundos, bajo, bajísimo, tanto que hasta entroniza la ignorancia -por mucho Hemingway que aprendan a citar-, y de lo que significa la defensa del lenguaje de la muerte como forma de progreso social, si hablamos de lo feo que hay bajo lo feo que ya es lo público, el toreo queda como lo que es: zona oscura y sucia de nuestra alma colectiva. ¿Es plástico, bonito, apasionado? La muerte ritual siempre es plástica. Sólo que es muerte.
Dicho todo esto, nadie va a creerme cuando asegure que mi oposición -y la de tantos- a la muerte real de toros en la ópera Carmen de Salvador Távora no es cuestión de debate taurino, aunque subyazca la posición de cada cual en tan polarizado tema. El debate es sobre leyes y sobre la falta de respeto que tiene hacia Cataluña quien tanto respeto exige para él mismo. Aparte de felicitar a Távora por la oficina de promoción publicitaria que se ha montado con toda la polémica, vayamos pues al quid. ¿Qué reprochamos algunos al señor Távora, viejo mito de todos los progres que por ahí nos arrastramos? Viejo mito... caído. Una servidora no le reprocha a estas alturas que le gusten los toros, o que su concepto de la libertad pase por amar la tortura de los animales, o que le divierta la sangre en medio de un teatro. Que cada cual haga de sus gustos un sayo. Lo que me parece fuera de lugar es el ataque de chulería que le cogió cuando descubrió que existían las autonomías, que a algunas les daba por legislar leyes, y que en la nuestra, en cuestión, existía una tenue ley de protección de los animales que impedía la tortura de un animal en un acto cultural. Tuve ocasión de debatir con él en la cadena SER cuando empezó la polémica y recuerdo perfectamente la frase antológica que me lanzó: 'Esto es España y en España nadie va a prohibirme a mí matar un toro'. ¿Parlament, leyes propias, decisiones soberanas? Tonterías de cuatro nacionaleros que teníamos ganas de tocarle las menudillas. El mismo Távora que aceptaba sin rechistar no matar toros en su Carmen en Holanda y en otros países europeos donde las legislaciones no se lo permitían, convirtió en casus belli el hecho de que no se lo permitiera la legislación catalana. Ni la reconoció, ni reconoció al Parlament como hacedor de leyes, ni le importó un rábano pisar baldosa autonómica. Quizá porque, antinacionalista él, se nos descubrió como tantos otros progres antinacionalistas, ¡más nacional-español que la puñeta!
Y a partir de ahí nació todo. Tuvo la oportunidad de brindarnos su Carmen sin matar ningún animal, tuvo la opotunidad de entender esa cosa tan simple del derecho a legislar, tuvo la ocasión de ser tolerante con lo distinto -y no sólo con lo propio-, de compaginar su libertad de expresión con nuestra ley de protección, pero prefirió montar un cirio, autocoronarse como mártir de alguna causa y llevarnos a un callejón judicial cuya salida es tan deplorable como dudosa. Porque..., hay que leer la sentencia para conseguir alucinar sin estimulantes... Su acto de chulería patria tendrá, pues, si nadie lo remedia, recompensa.
Y una servidora lo felicita. Si finalmente consigue ganar lo que él ha convertido en una especie de combate chulesco, habrá llegado al orgasmo por tres vías igualmente bonitas, bonitas: habrá conseguido reírse del derecho de los pueblos a tener leyes propias: Mío Cid, la reina Isabel y hasta José Mari lo aplauden; habrá mezclado el ritual del arte y el pensamiento con el ritual de la tortura y la muerte, convertido su espectáculo en apología de la barbarie: ahí lo aplauden todos los intelectuales amantes de la sangre; y finalmente, habrá perpetuado un acto más de dominio, dominio del fuerte sobre el débil, sea éste de la especie que sea. ¿Quién lo aplaudirá en ese caso?
En fin, Távora. Que te aproveche tamaño éxito..
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