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MarujaTorres
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Escritora y periodista, columnista de El País.
   
Ira civil
 
Sobre la caza y los cazadores
 
El País
19 febrero 2008

"Cuando era niño me gustaba la caza. Un día maté una perdiz. Y me curé. No he olvidado su agonía, cómo por mi culpa se extinguió una vida". El hombre hizo una pausa y prosiguió, con los ojos clavados en el camino: "Pensará usted que a qué viene que un taxista le cuente estas cosas, que lo mío es permanecer callado. Pero la he oído comentar ese asunto con su amiga, y no puedo dejar de meterme. Perdóneme, pero no tengo con quién hablar. Mis hijos van a lo suyo, la gente, en general, dice sí o no, y pasa a otra cosa. ¿Nadie se da cuenta? No es sólo la cacería, todos esos hermosos ciervos muertos, esos pomposos cazadores indiferentes al dolor que han causado, al paisaje que han roto. Me pregunto qué es lo que nos pasa. La indiferencia. La superioridad. ¿Quién nos creemos que somos? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Mejor dicho, ¿por qué no salimos de lo peor que somos? Perdóneme, estoy indignado".

Le dije que era un honor para nosotras hablar con él, que tiene razón y que somos bastantes los que compartimos su indignación, su ira ante la arrogancia y la indiferencia.

No ira como para salir a liquidar vidas. Ira civil.

"¿Ha visto la película The Queen?", continuó el hombre, más calmado. "¿Recuerda el momento en que la mujer y el ciervo se miran, de reina a rey?".

Asentí, sin poder evitar un añadido maléfico: "Bueno, los reyes de dos patas, incluido el nuestro, cazan mucho. Parece que ninguno de ellos haya llorado en su niñez, en el cine, por la muerte del padre de Bambi".

Sonrió el hombre por primera vez, pero con tristeza.

"¿Tiene usted alguna afición que le dé un poco de sosiego?", inquirí. "Mis flores. Cultivo flores".

Ojalá le consuelen

 

Suicidados
 
Sobre la caza con galgos
 
El País
17 enero 2008

"A principios de mes, un galgo de piel oscura y ojos tristísimos puso fin a sus días colgándose de un árbol en las inmediaciones de Gerena, una de las localidades españolas en las que se produce cada año el suicidio colectivo de decenas de miles de galgos. Unos se abandonan y se dejan morir de hambre y sed; los otros se cuelgan con sus propias patas. ¿A qué pueden deberse los extraordinarios hechos que siguen registrándose, año tras año, sobre todo en Extremadura y Andalucía? ¿Pertenecen los perros a una secta oculta? Llama la atención que el galgo, encontrado en condiciones penosas, se hubiera cortado antes la oreja en donde portaba el chip identificativo. Ello quiere decir que pretendía pasar desapercibido. Pero lo más increíble es que, arrepentido de su decisión, el can mordió la fina cuerda con que había intentado liquidarse, logrando romperla mas no pudiendo impedir que parte de la misma se le incrustara en el cuello, produciéndole una necrosis. Almas piadosas lograron rescatar al animal y, al parecer, disuadirle de que vuelva a atentar contra el bien más preciado que posee un cuadrúpedo de carácter tan dulce que en otros países, en lugar de elegir la profesión de perseguir liebres por cuenta ajena, se dedica a ser mascota en los hogares e incluso colabora -como en Dinamarca- en el cuidado de niños autistas. Por desgracia, muy pocos de los galgos que se suicidarán este año en España podrán ser salvados".

El redactado anterior persigue no ofender la fina sensibilidad de quienes crían galgos para la caza y los exterminan después de dos años por los métodos arriba descritos.

Pero, como española de bien -por fin he podido decirlo-, exijo a la señora Narbona e incluso al señor Rey que se termine con la salvaje práctica de la caza con galgos. Que empezó, por cierto, hace siglos y por real decisión.

 

Perra vida
 
Sobre el uso de animales en los realities
 
El País
17 junio 2001

No suelo ver la presente edición del programa Gran Hermano porque tanto los concursantes como yo hemos perdido la inocencia, y ya no estoy interesada en la observación de bípedos con visera que se rascan y se duermen en camas sin hacer. Ahora bien, he zapeado lo suficiente como para haber podido seguir, con intermitente indignación, el calvario de la perra bóxer Tierra, obligada a crecer al tuntún al borde del abismo intelectual, defecando y meando por aquí y por allá, medio olvidada por los habitantes de la mansión de los horrores, que dedican su tiempo a bailar jotas con zapatillas de plataforma, torearse entre sí y comer ganchitos.

Comprenderán que me importa un rábano lo que les pueda ocurrir a los concursantes. Pero siento mucho respeto por algunas cosas fundamentales, y una de ellas es la obligación que tenemos para con los animales domésticos que han depositado en nosotros su confianza. Por eso me parece detestable que se use a un perro como mascota, palabra que, por otra parte, sólo puede aplicarse a algo que se usa como talismán, tal que una pata de conejo o una mano de Fátima, pero que difícilmente corresponde a un ser vivo que precisa con regularidad de nuestros cuidados y cariño, y de nuestra disciplinada guía.

La presencia de la pobre Tierra en semejante antro forma parte del atrezzo de la nueva temporada, y a mí me recuerda a esos niños huérfanos o abandonados que pasan de unos padres de acogida a otros sin saber a qué atenerse. ¿Qué será de Tierra cuando termine el engendro? ¿Quién querrá a una perra grandota que no ha aprendido a hacer sus necesidades donde debe y que cada semana cuenta con una presencia menos? Aunque esto último, en todo caso, debe de resultarle un alivio.

En realidad, Tierra, que debe de ser el único organismo de la casa en el que puede detectarse vida inteligente, debería ser expulsada de inmediato, o nominada, como dicen ellos, y enviada a todo correr a un gabinete psicológico canino en donde pueda readaptarse a la vida normal. Y la Asociación Protectora de Animales debería oponerse a la utilización irresponsable de perros, gatos, peces o pájaros...

Gran Hermano no los necesita: ya tiene suficientes rumiantes haciéndose compañía.

 
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