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Sobre
las corridas de toros y el fútbol. |
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Sobre
las corridas de toros. |
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las corridas de toros. |
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Sobre
las corridas de toros. |
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Perdedor |
| El
País - Domingo 2 de julio de 2006
MANUEL VICENT
Frente al nuevo diseño
de los jóvenes españoles que estudian en las universidades
de Europa y Norteamérica, que viajan por todo el mundo e imponen
la evidencia de pertenecer a un país moderno y lleno de vitalidad,
existen actitudes castizas, que le dan a España un aire rancio
todavía. Esa dicotomía se ha visto muy clara entre los hinchas
del equipo nacional en el Mundial de fútbol en Alemania. Esta vez
la bandera española, cuya asta ha servido en muchas ocasiones para
aplastar el cráneo de los demócratas, ha cohesionado el
entusiamo general en los momentos de triunfo. Todos los hinchas sin distinción
de origen, edad e ideología gritaban y bailaban dentro de la misma
euforia. Al ver las oleadas de jóvenes alegres, bravos, ruidosos,
bien alimentados, con la cara pintada con los colores de la tribu, uno
imaginaba en ellos a las nuevas generaciones de españoles, equiparables
con ventaja a las del país europeo más avanzado. Pero he
aquí que en medio de tanto esplendor en la hierba estaba el ineludible
Manolo el del Bombo, como portador de los valores eternos del tocino de
la patria. Y para hacer el asunto aún más siniestro algunos
aficionados al fútbol iban disfrazados de toreros, otros seguidores
llevaban puesta la montera y por todas partes se veían banderas
españolas con la figura estampada de un toro negro. Ignoro si ese
morlaco representa la bravura de nuestros jugadores o el destino del equipo
contrario, al que se espera estoquear. En todo caso conviene recordar
que el toro de lidia en España es un perdedor nato. Para empezar
este animal sale a la arena convenientemente manipulado, drogado, afeitado
y deslomado. Debido a eso se suele caer muchas veces durante la faena
y hay que levantarlo tirándole del rabo. Sin duda, el toro es un
animal noble y muy bello, que al principio sale a la plaza queriendo comerse
al mundo, pero a los diez minutos ya se ha convertido en una piltrafa.
Cuando en cualquier manifestación política o deportiva veo
banderas españolas con la estampa del toro de lidia no pienso en
ningún triunfo, en ninguna hazaña, sino en las imágenes
que conducen a una inminente derrota, en la suerte de varas, en las sucesivas
estocadas y descabellos, en el verduguillo y en el arrastre bajo un clamor
de insultos. Hay que sacudirse esa suerte de encima. Si un día
desaparece el casticismo de Manolo el del Bombo y los símbolos
taurinos pasan al desván de nuestra historia, el equipo nacional
alcanzará la modernidad, que es la primera gran victoria.
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toros |
| El
País - Domingo 7 de mayo de 2006
MANUEL VICENT
Ya están de nuevo
aquí los puyazos, las estocadas, los descabellos, los vómitos
de sangre, donde abrevarán las moscas bajo el flamear de la bandera
de España; ha comenzado la temporada taurina en las Ventas, el
rito brutal y a la vez manierista, que convertirá la tortura y
la muerte en un espectáculo moral. Lo menos que se puede decir
de la fiesta degradante de los toros es que está fuera de época.
Éste ya no es el país de gente desdentada y patilluda que
alcanzaba la gloria metiéndose entre pecho y espalda vino de bota
mientras un torero, a cuchillada limpia, hacía un estofado sobre
un animal para solazarle y afirmar al mismo tiempo los valores de la raza.
La estética de masas ahora se congrega alrededor de unos héroes
que son campeones de motos, de fórmula 1, de rallies, de baloncesto,
de tenis, de golf, de futbol, de atletas con medallas olímpicas,
que obligan a la bandera nacional a subir una y otra vez al mástil.
Puestos a ser patriotas, ése es el mejor homenaje que hoy da prestigio
a la bandera de un país moderno, no los desfiles ni las palabras
altisonantes, que son baratas, y menos aún que ondee sobre una
carnicería. En las gradas de los estadios hay una juventud que
ha tomado ya muchas proteínas, que viaja, estudia, hace deporte
o revienta en las noches del fin de semana en las discotecas, pero que
en todo caso está ya muy lejos de las cazuelas de pajaritos fritos
de las tabernas taurinas y del pringue del desolladero. Vista desde las
gradas de los estadios, desde las aulas y los laboratorios, desde los
campos de deporte donde los jóvenes sueñan con el éxito
profesional o con conseguir un récord deportivo, la corrida de
toros aparece como una antigualla sangrienta, propia de un pueblo insensible
que aún se regodea con la violencia. Este espectáculo baja
varios niveles más en la degradación cuando abandona las
plazas oficiales y se convierte en capeas populares con toros de fuego,
ensogados, alanceados, sometidos a todas las miserias que se le ocurren
a unos mozos en honor a su santa patrona. El toro no es una fiera, no
como carne, pero ha tenido mala suerte en España. Estos días
se ha hecho público el propósito de presentar ante el Parlament
de la Generalitat de Catalunya dos proposiciones de ley para prohibir
la fiesta de los toros en su territorio. Si esta iniciativa prospera no
habrá que verla como un paso más en su lucha por la independencia,
sino como una prueba de que Catalunya es un pueblo evolucionado, que tira
del resto de España hacia la modernidad.
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| Toros |
| El
País - Domingo 11 de mayo de 2003
MANUEL VICENT
En las grandes concentraciones
del catolicismo español, en las manifestaciones callejeras del
Partido Popular, en las gradas de los estadios donde hierve la masa cuando
se disputa algún campeonato internacional, cada día se ven
más banderas de la patria con el escudo de la Constitución
suplantado por la estampa del toro negro de Osborne. Con la figura enarbolada
de este morlaco astifino acudieron muchos fieles a la misa del Papa en
la plaza de Colón. Allí se había levantado un altar
blanco de diseño minimalista, que es la geometría del espíritu,
pero todo el recinto de la ceremonia estaba cercado por 10.000 vallas
amarillas con la publicidad de arroz La Fallera, hasta el punto que el
día anterior, mientras los obreros montaban el tinglado, parecía
que allí se iba a celebrar un concurso de paellas en lugar de una
canonización. Entre dos acacias del paseo de la Castellana también
colgaba una pancarta con esta jaculatoria, olé torero, dedicada
al Papa como si fuera el matador que iba a lidiar la corrida de la Beneficencia.
A este toro del coñac andaluz, que ha sustituido a la gallina franquista
en algunas banderas españolas, más que el incienso de la
misa, le va el humo de habano o de caliqueño del ruedo ibérico
donde la sangre con moscas se impone siempre al arte. Aunque soy valenciano
convicto y confeso, declaro que la paella me gusta muy poco, aunque la
soporto con más resignación que a la fiesta nacional. Esfumada
ya la ráfaga papal que ha cruzado por este territorio, ahora en
España se van a solapar la campaña de las elecciones municipales
y la feria taurina de San Isidro: en ambas suertes se repartirán
grandes estocadas, unas con cuchillos y otras con palabras, hasta que
los políticos y las reses saquen la lengua morada en público
conjuntamente. Las gradas del altar de Colón se han trasladado
a la plaza de Las Ventas. Allí la derecha española asistirá
cada tarde a una misa sangrienta con un codo en la maroma y esta vez se
le permitirá tener las piernas cruzadas. Sin duda, también
los políticos de izquierdas intentarán ser investidos de
patriotismo en una barrera babeando un puro y hasta ellos llegará
el fulgor del vómito de los toros junto con el hedor de sus excrementos,
pero la izquierda debe saber que éste es un privilegio reservado
para los amantes de una España castiza y tan negra como ese toro
de Osborne que, de pronto, irrumpe en la belleza del paisaje con el perfil
de sus testículos a contrasol o bien se pone a embestir ahora desde
el trapo de la bandera nacional.
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| La
lidia |
| El
País - Domingo 12 de mayo de 2002
MANUEL VICENT
En una cafetería
de Alexanderplatz de Berlín estoy hojeando el diario EL PAÍS.
Leo en la sección de cultura la última exposición
de pintura en el Guggenheim, una entrevista con Woody Allen, el éxito
de un concierto de rock de los ACDC. Estas noticias encajan a la perfección
con esta ciudad y con los seres que tengo alrededor, chicas galácticas,
ejecutivos globalizados y marcianos con crestas de gallo. Me creo un tipo
moderno con un periódico moderno en las manos que está en
sintonía con los edificios alucinantes que han levantado aquí
los arquitectos más modernos. Pero, de pronto, al pasar una página
me encuentro en medio de Berlín con la imagen de un toro ensangrentado,
traspasado por varios hierros, con la lengua fuera, agonizando a los pies
de un extraño matarife recubierto de lentejuelas y remachado en
oro falso. La sensación cutre que se deriva de la sección
taurina de este diario la he experimentado algunas veces en París,
en Estocolmo, en Roma, en cualquier ciudad del extranjero donde esta matanza
abyecta de toros en público está fuera de contexto y se
atribuye a un espectáculo propio de un mundo perro. Ahora que nos
ha dejado nuestro cronista taurino Joaquín Vidal, cuya excelente
literatura siempre era el mejor lance de la corrida, que en el fondo abominaba,
puesto que siempre parecía pasarlo muy mal en el tendido; habiendo
desaparecido también la insigne figura del fundador de este periódico,
José Ortega Spottorno, que tal vez vivió encandilado por
el naipe amarillo de toreros antiguos, uno se atrevería a soñar
que ha llegado el momento de erradicar de las páginas de EL PAÍS,
de una vez para siempre, la sección de la lidia para que el lector
sensible no tenga que pasar por la humillación de contemplar, entre
una sinfonía dirigida por Claudio Abbado y una conferencia de Steiner,
esa morcilla acribillada y sangrante que un día fue en el campo
un bello animal. Después de todo, Goya acaba de ser asignado al
bando de los enemigos de la fiesta. Por fin alguien inteligente ha montado
en el Museo del Prado una exposición de su Tauromaquia con una
lectura rigurosa. Goya expresó con todo su genio aquella España
negra de las corridas sin ahorrar ninguna víscera, ningún
vómito, ninguna crueldad, como un desastre o un aquelarre más
de un país de faca y alpargata que lo aventó al exilio.
En los cristales de esta cafetería de Berlín se reflejan
los seres más bellos del planeta. ¿Por qué entre
ellos este diario me sirve un toro ensangrentado?.
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