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LázaroCovadlo
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  Escritor y periodista.
 
Amigo, no
me hagas
esa perrería
 
Sobre el abandono de animales
 
El Mundo
Viernes, 6 julio 2007
BULEVAR

Llegó el verano. Doy fe de que este fin de semana he visto tres perros abandonados al capricho del destino. Es que, claro, ya han empezado las vacaciones.Al llegar esta época del año volvemos a ver perros que van sin rumbo por caminos y carreteras. Los abuelos, en cambio, van al geriátrico, pero se sabe de alguno que al salir del lavabo de la gasolinera se encontró con que la familia había seguido su viaje.

Como ni siquiera sé qué piensan mis semejantes humanos, no puedo conocer con exactitud qué piensan y sienten estos otros semejantes (me refiero a los perros). Trato de intuirlo. Imagino que deben de creer que se trata de un malentendido. Es probable que se nieguen a aceptar que han sido abandonados, como si fuesen abuelos.

El abandono no encaja con la amistad. Ese amigo que lo crió a uno desde pequeño, lo acarició tantas veces y jugó con él haciéndole correr tras un palo o una pelota, no parecía capaz de realizar una felonía de tal calibre. Tal vez ese pensamiento explique la mirada ansiosa con la que nos escruta el perro abandonado, por si acaso pudiéramos ser él o ella, o al menos quisiéramos serlo durante el tiempo en que falten él o ella.

El perro abandonado, con sus ladridos, tal vez le diría al amo que lo abandona (aun asumiendo el humillante sentido de la palabra «amo»): «Eh, amigo, no irás a hacerme esa perrería».¡Cómo pifia el lenguaje tantas veces! Mira que llamar «perrería» a las putadas, y putadas con referencia a las pobrecitas putas, cuando debiera decirse «macarranadas». En fin. Algunas personas prefieren creer que los perros no sufren. Los toros bravos, menos aún. Sólo reconocen en ellos la capacidad de sufrir. Es el mismo pensamiento que en épocas no muy lejanas sostenía que los indígenas carecían de alma. Creencias que comparten los psicópatas: hace bastante que los neuropsiquiatras saben que en los psicópatas permanecen inhibidas las partes del cerebro que permiten al ser humano ponerse en el lugar del otro. A dicha cualidad en tiempos se la llamó «compasión». De niño me llamaba la atención que las mariposas en reposo emprendieran vuelo cuando me aproximaba, y también que el escarabajo cambiara de dirección cada vez que interponía un palito en su camino.

Extraje la conclusión de que les interesaba preservar su integridad física, al igual que yo mismo. En consecuencia, me dije, el instinto de conservación es compartido por todos los seres vivos. ¿Y el dolor? ¿Y la capacidad de sufrir?Me consuelo pensando que quizá no se trate de maldad sino de estupidez. Albert Einstein dijo que sólo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana, pero él no estaba muy seguro de la primera. Por su parte, Bill Watterson, autor de la tira cómica Calvin y Hobbes, piensa que la prueba más fehaciente de que existe vida inteligente en el universo es que nadie ha intentado conectar con nosotros.«Amo a la humanidad, lo que me revienta es la gente», dijo Susanita, la amiga de Mafalda.

 

Cómo romper cráneos de
foca
 
Sobre la matanza anual de focas de Canadá.
 
El Mundo
Jueves, 5 abril 2007
BULEVAR

La primavera trae consigo vida y muerte. Este año Canadá limitó la matanza de focas: la cuota quedó reducida a 270.000 ejemplares; 65.000 menos que en anteriores temporadas. Es un dato a tener en cuenta por quienes dudan de los buenos sentimientos de las autoridades canadienses.

El oficio de exterminar focas es un poco más duro que el de aplastar hormigas o matar moscas. Las condiciones ambientales no son demasiado benignas, y por lo general se trabaja en temperaturas muy inferiores a los cero grados. Por lo demás, no es demasiado complicado.Todo consiste en abrigarse bien, llevar gruesos calcetines, guantes adecuados, y un garrote o maza de hierro que los matarifes conocen como hakoptik. Esta herramienta es imprescindible.

Una vez situado en el terreno del exterminio, el buen matarife procederá a apalear con su hakoptik a los pinnípedos. Se levanta la maza verticalmente y a continuación se la baja con gran fuerza y velocidad sobre el cráneo de la foca cachorro. Este animal tiene aspecto gracioso: parece un perrito de pocos días. Hay que tratar de no enternecerse, pues los sentimientos blandos dificultan el trabajo.

Una vez que el hakoptik choca contra la cabeza del mamífero, los huesos de la misma se quebrarán, lo que será acompañado con un sonido seco, algo así como ¡crack! El resquebrajamiento de la bóveda craneal del cachorro de foca, dada la blandura de los huesos, aún no del todo calcificados, no debe presentar mayores dificultades. Ha de tenerse en cuenta que son apenas un poco más duros que los de un bebé humano de pocos meses. El cazador de focas bebé podría ayudarse mentalmente imaginando que apalea un bebé humano. ¿Alguno de sus hijos quizá? No es un mal sistema: si se diera el caso de que el cazador de focas tuviera hijos pequeños, con toda seguridad debe de conocer las características craneales de estos ejemplares, tanto por haberlos acariciado en los momentos de ternura paternal, como por haberse deleitado pasando los dedos entre la pelambre del niño. Las focas pequeñas también poseen pelos suaves, por algo son tan apreciadas sus pieles por ciertas señoras que gozan de alto poder adquisitivo.

Una vez consumada la muerte de la foca de pocos días, el bloque de hielo y la nieve quedarán impregnados de sangre. No hay por qué preocuparse: sucesivas nevadas borrarán todo rastro de violencia.En caso de que el cazador de focas sintiera en medio de la faena la súbita irrupción de cualquier inoportuno escrúpulo sentimental, puede justificarse con el argumento de que estos animales contribuyen a la extinción de los bancos pesqueros de bacalaos. Las organizaciones defensoras de la vida animal intentan demostrar que es falso, pero ya se sabe que esta gente se dedica a incordiar a la industria peletera, que por otro lado es la que tanto complace a las damas que gustan de coquetear envueltas en trozos de cadáver animal, como la Venus de las Pieles, heroína de Sacher-Masoch, que dio lugar al término masoquismo.

 

¡Qué vivan
los toros!
 
Sobre las corridas de toros.
 
El Mundo
Viernes, 16 abril 2004
LA ULTIMA

Eso, me gustan los toros. Soy un taurino. Los toros de lidia me gustan más aún. Es un animal lleno de vitalidad, un regalo de la naturaleza. Sí, me gustan los toros de lidia, por eso no quiero que lidien. ¡Que vivan los toros! Que no los maten.

Se ha dicho y se ha gritado tanto sobre el asunto que hasta da fatiga y fastidio repetir los argumentos. F y F. Fatiga y fastidio. Más al atender las razones de los así llamados taurinos (cómo van a ser taurinos si están por la muerte del toro). Ellos argumentan que se trata de una tradición. Los antitaurinos replican que en ciertas culturas también lo es la ablación del clítoris. ¿Debe legalizarse la ablación en aras de la tradición? Así va la controversia entre supuestos taurinos y presuntos antitaurinos. Los que aceptan ser motejados de antitaurinos todavía no captan las sutilezas del lenguaje. Cómo que antitaurinos, ¿no quedábamos en que estamos por la defensa del toro? Así pues, pongamos las cosas en limpio: los llamados antitaurinos son los verdaderos taurinos. Los denominados taurinos son feroces antitaurinos. Ellos quieren la muerte del toro. Y un torero es un matarife travestido, y punto. Aclarado lo anterior, podemos continuar:

Goya y Picasso amaban las corridas de toros. Es argumento antitaurino (es decir, de los enemigos del toro, los que están por su muerte).Es verdad, Goya y Picasso eran antitaurinos. Sin embargo, también eran grandes artistas. Son dos de los pintores modernos de mi preferencia (¿alguien duda de que Goya era un pintor moderno?).Ahora bien, François Villon (1431-1463) fue un gran poeta de su tiempo: «La lluvia nos ha lavado y limpiado, / y el sol, desecado y ennegrecido; / urracas, cuervos, nos han cavado los ojos / y arrancado la barba y las cejas», pero Villon también fue un bandolero, atracador, ladrón y probablemente asesino. ¿Con qué aspecto de él nos quedamos, con el de ladrón y asesino o el de poeta enorme? El gran dramaturgo y novelista Jean Genet (1910-1986) también fue un delincuente gran parte de su vida, pero no trascendió por esa faceta sino por su obra literaria, al igual que Louis-Ferdinand Céline (1894-1961), excelente escritor, y también un miserable colaboracionista de los nazis y un acérrimo antisemita. Vaya, que en lo personal era una mierda de tipo. Y, sin embargo, nadie le quita la excelencia literaria, pero tal virtud no sirve para justificar el nazismo y el antisemitismo.

Supongo que a estas alturas mis lectores ya habrán adivinado por dónde voy: ¿con qué aspecto de Goya y Picasso nos quedamos?, ¿con el antitaurino (a favor de la muerte del toro, insisto) o con el de artistas geniales?

Y es que, además, la mayoría de los que asisten a las corridas no tienen ni puñetera idea de quiénes fueron en realidad Goya y Picasso. Para comprobarlo fuimos un par de amigos a la puerta de la Monumental la pasada temporada. Paramos a 30 sujetos. Ocho de ellos jamás los habían oído nombrar. Los restantes sabían que Picasso era el autor del célebre Guernica y no mucho más.Veinte de los 25 habían visitado la plaza de Las Ventas, en Madrid, pero ninguno de ellos pasó por El Prado, el Thyssen o el Reina Sofía. Tampoco conocían el Museo Picasso de Barcelona, ni el Museo Nacional de Arte de Cataluña, ni el Centro de Cultura Contemporánea.¡Vaya elementos! La misma encuesta, llevada a cabo a las puertas del Camp Nou, dio el siguiente resultado: de 25 aficionados al fútbol, todos sabían quiénes eran los pintores de marras. En cuanto a Picasso, había uno que prefería el período azul y otro que se inclinaba por su etapa cubista. De Goya, 14 dijeron que lo que más les gustaba eran las pinturas negras.

Acabo de leer en este diario (miércoles 14/4) que, a pesar de que el pleno del Ayuntamiento aprobó una declaración contraria a las corridas de toros, el alcalde, Joan Clos, ha dicho que no es partidario de prohibirlas en Barcelona. Empero, reconoce que a la mayoría de los barceloneses no les gustan. O sea, que el alcalde se inclina por la opinión de la minoría antitaurina (mal llamada taurina, insisto, insisto e insisto). También dijo que «hay unos cuantos aficionados que van a la plaza y con ello no cometen ningún delito». Por supuesto que no, y los que asistían a las matanzas de gladiadores esclavos en el circo romano tampoco cometían delito. Siguiendo ese criterio, es posible colegir que si Clos hubiera sido alcalde de Roma en aquellos tiempos, no hubiera estado por la prohibición. Es que no siempre lo legal corre parejo con lo moral

 

Ancianos y
Animales
 
Sobre quienes abandonan humanos y animales por comodidad.
 
El Mundo
Viernes, 23 enero 2004
LA ULTIMA

Coincido con el enunciado de una organización dedicada a la defensa de los animales no humanos: «Cuando abandona un animal porque ya no 'le sirve', sus hijos aprenden la lección. Quizás hagan lo mismo con usted cuando sea un anciano».

Noten que he puesto «animales no humanos», pues quiero dejar en claro que me refiero a bichos diferentes de los que integran nuestra especie. Según los últimos criterios taxonómicos, existen tres grandes grupos animales: los no humanos, que serían las serpientes, cucarachas, perros, gatos, peces, gallinas y un interminable etcétera; los animales humanos, como un servidor y muchos de ustedes, que me leen, y, por último, los animales inhumanos, que vendrían a ser todos aquellos que abandonan en plena vía pública a perros, gatos y ancianas.

No sé si la pareja de jóvenes que abandonó a la abuela, sentada en una silla, a la puerta de la casa de una de las hijas de la anciana, habría aprendido las artes del abandono y el desafecto en la niñez al ver que los padres desamparaban animales no humanos. Tampoco sé si los hijos e hijas de la abandonada pudieran haber tenido la misma aleccionadora experiencia en sus respectivas infancias. De lo que sí estoy seguro es de que todos ellos deben pertenecer a la especie de animales inhumanos.

Dicen que la abuelita sufría locura senil. Tal vez sea cierto, pero ¿quién nos asegura que los abandonadores no sufren locura juvenil o cualquier otra disfunción mental y/o moral? Ahí lo dejo, por si la supuesta merma de discernimiento pudiera servirles de atenuante.

Hay en toda Cataluña muchas residencias geriátricas, la mayoría de pago. Al parecer, a ningún deudo de la anciana se le ocurrió depositarla en uno de estos centros. La pela es la pela (ahora el euro, pero ya me entienden). Sí, la pela es la pela, y los animales inhumanos abandonan perros, gatos y abuelos, pero no descuidan los dinerillos. Existen en toda Cataluña residencias geriátricas y refugios de animales. Menos de éstos, pese a que son abandonados más animales que ancianos. Pero no desesperéis, inhumanos, a este paso las cifras se igualarán. En todo caso, un informe de la Fundación Affinity señala que nuestra comunidad ostenta el segundo puesto en cuanto al abandono de perros durante el año pasado (13.300). La precede Andalucía (18.000), y la sigue Madrid (11.450).

Los geriátricos son noticia con mayor frecuencia que los refugios caninos. Este mismo mes, en Calella de la Costa, fallecieron dos ancianos al incendiarse la habitación que compartían en la residencia La Maresma de Calella (este diario, sábado 10). Al parecer uno de ellos se durmió fumando. Tal vez la desgracia pueda fortalecer la campaña contra el tabaco, pero ¿quién le niega la satisfacción de fumar a un anciano al que ya pocos placeres le son accesibles?

En Santa Margarida i els Monjos, que es la localidad en la que los inhumanos abandonaron a la anciana, hay una hermosa iglesia parroquial (actualmente en mal estado de conservación), que se presume data de finales del primer mileno. Pero no existe, que yo sepa, ninguna residencia geriátrica (corríjanme, por favor, si estoy desinformado). Sí las hay en la vecina Vilafranca del Penedès. También en Sitges, donde resido. Tengo una justo frente a mi estudio, y me saludo con muchos de los viejitos y viejitas que salen a dar una vuelta por el barrio.

En lo que hace a sanciones, Federico Jiménez Losantos hace hincapié en que en España resulta más barato abandonar una anciana que un perro. A mí también me parece horrible, pero en la misma columna el lúcido pensador liberal afirma que se puede amar a los animales y a las personas, pero él no cree que lo uno traiga lo otro.Acaba diciendo que «en la práctica, y aunque las generalizaciones son injustas, sucede al revés».

Aquí es donde discrepo. La simplificación de que el apego a los animales sustituye el amor a la humanidad es, en lo que hace a mi experiencia, una fórmula típicamente leninista. Me acuerdo de que en mi adolescencia izquierdosa los compañeros avezados se burlaban de la «sensiblería» burguesa consistente en querer a los animales no humanos. Era propio de la utopía marxista, que acariciaba el ideal de una humanidad sin clases que dominara la naturaleza para ponerla a su servicio (¿fascismo de especie?). Milan Kundera lo expresa muy bien en La insoportable levedad del ser, novela en la que refiere cómo las autoridades comunistas promovían primero la matanza de palomas, seguían con la persecución de los perros, y acababan ensañándose con los humanos

 

Escuela de
crueldad
 
Sobre los niños que
maltratan animales.
 
El Mundo
Viernes, 7 junio 2002
LA ULTIMA

Pocas imágenes son tan reconfortantes como la de un niño que juega con su mascota, pero no siempre es así. En un rincón del patio de un instituto secundario de Cataluña se instaló una gata y parió cuatro preciosos cachorrillos. Tres de ellos todavía andan por ahí, pero hubo uno al que un alumno le aplastó la cabeza.Lo hizo con intención y a la vista de los compañeros, ante los que pretendía mostrar su dureza de carácter. Fue sancionado con una semana de expulsión.

Los profesores hoy por hoy van sin rumbo. Hace algunas décadas el peso de la severidad pedagógica caía sin miramientos sobre los alumnos díscolos. Eran tiempos en los que la letra entraba con sangre. Como la cosa pareció excesiva, se pasó al otro extremo y los estudios se convirtieron en un viva la pepa, pero en vista de que tan extrema permisividad fue desastrosa, ahora intentan volver las aguas a su antiguo cauce, aunque, eso sí, sin pasarse, eh, sin pasarse. En la actualidad se admiten ciertos usos disciplinarios cuyos resultados no arreglan el mejunje en que se ha convertido la educación por mor de las nuevas medidas. En resumen, que lo de ahora es ni chicha ni limoná.

Ahora bien, utilizar el castigo escolar con un pobre chico al borde de la psicopatía es un absurdo digno de Kafka, porque el muchachito requiere atención urgente y no correctivos, que en su caso serán inútiles. Es evidente que tiene atrofiado el órgano de la compasión y la bondad, y esa carencia no tarda en ser descubierta en el medio social, que suele marginar a esta clase de minusválidos.A éstos, ya de adultos (y a veces antes), les da por vengarse del mundo: excelente abono para un nuevo semillero de neonazis, violentos del fútbol, aficionados a la bomba lapa o el tiro en la nuca, y demás carne de presidio. Los psiquiatras y psicólogos han descubierto que muchos criminales en serie ya mostraban indicios de extrema crueldad a edad temprana: utilizaban animales como objetos de entrenamiento para la ejecución de posteriores aberraciones.Y claro, la sangre de tales víctimas nunca se contabiliza.

Tiemblo por el futuro del chaval que masacró al gatito; tiemblo por sus futuras probables víctimas. Este chico puede que aún tenga cura (rezo a mis dioses personales por que así sea), pero la terapia no pasa por expulsarlo una semana del centro escolar.A este chico hay que hacerlo revisar y se debe intentar amarlo.Tal vez esto último sea lo más urgente. Pero, ¿qué puede hacerse cuando el paisaje social de un país (que es el más importante establecimiento educacional; el que nos forma a todos) ha optado por la escuela de la crueldad, que consiste en hacer sufrir o dejar que sufran seres vivientes con capacidad de sentir dolor, miedo y tristeza? ¿Qué ejemplo pueden extraer los niños y adolescentes de tanta escabechina sangrienta como la que percude esta Península? Porque todos sabemos que por más que un conmovedor póster nos muestre un entrañable perro en medio de una carretera y se proclame que él nunca lo haría, cada tanto siguen arrojándose cabras desde los campanarios y no dejan de ahorcarse perros de caza. Todos sabemos que es costumbre telúrica asistir a la matanza del cerdo como espectáculo público y probar la puntería con palomas.

Ahora mismo nos encontramos en otra temporada de carnicería taurina, con tantos notables de la patria asistiendo complacientes a la fiesta gore y cutre de cada año. Así podremos verlos en la prensa y la tele, podremos ver cómo ellos se divierten con la matanza y nos sirven de modelo; sobre todo a nuestros hijos. ¡Bravo!

Mis hijos, por suerte, aunque salieron traviesos y no son estudiantes ejemplares, el mayor problema que me dan con respecto a los animales es que no paran de querer traer a casa a todos aquellos que encuentran abandonados por el mundo. Agradezco a mis dioses personales el que sean tan sanos y estén tan bien dotados para la vida y el amor. Pero bueno, uno que no es animalista y ni siquiera es humanista (¡líbreme el cielo!), y apenas es un vitalista, en el sentido de que está a favor de la vida en todas sus manifestaciones (sobre todo la evolutiva), no puede menos que apiadarse de tanto bicho que sufre. No sólo de los animales con alas o con cuatro patas: más que nada de los bípedos que se dedican a martirizarlos; también de los notables a los que les divierte el sufrimiento animal y lucen sonrisas y ropa de última moda en las gradas de sol o de sombra. Porque es seguro que sufren. ¿O serán discapacitados de los sentimientos?

 

Criaturas
planetarias
 
Sobre los niños que
maltratan animales.
 
El Mundo
Viernes, 1 marzo 2002
LA ULTIMA

De los quince perros a los que les serraron las patas delanteras en el predio de la Sociedad Protectora de Animales de Tarragona hubo uno que sobrevivió: se lo conoce por Coco. Alzado sobre sus extremidades traseras inspira compasión, ternura, y, si no fuera por la evocación de la monstruosidad de que fue víctima, puede llegar a hacer gracia. Es conmovedor imaginarlo arrastrándose hacia las calles; luchando por preservar la porción de vida que le fue dada. Uno se acuerda de Arthur Schopenhauer y le viene a la memoria aquello de "Cuanto más conozco a los hombres más quiero a mi perro". Schopenhauer dijo unas pocas tonterías muy sonadas, y es lo que popularmente se conoce de él. El grueso de su obra filosófica, un monumento intelectual del que abrevó Nietzsche, Bergson y hasta Ortega y Gasset, es desconocido por el vulgo. Pero algunas de las sentencias más simples del autor de El mundo como voluntad y representación suenan rotundas como verdades incontestables: "La conmiseración con los animales está íntimamente unida a la bondad del carácter, quien es cruel con los animales no puede ser una buena persona". Eso lo entiende muy bien Santi Mas, que es licenciado en Filosofía y también uno de los principales impulsores para que Vilanova i la Geltrú, donde vive con su mujer e hijos, se convirtiera en ciutat amiga dels animals.

Jesús Mosterín, que es catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Barcelona, tiene en común con Santi Mas que es filósofo (de gran prestigio internacional) y también ama a los animales. "Me interesan los animales porque me intereso por mí", declaró al publicar su libro ¡Vivan los animales! Para él los animales no humanos son nuestros parientes en la línea evolutiva, por lo que propugna una ética que defienda sus derechos. Algunos replican "¿También las cucarachas, las moscas y los mosquitos? Bajando en la escala evolutiva, ¿hasta qué nivel animal se han de preservar los derechos animales?" Aquí es donde un servidor mete baza: hasta el nivel en que dejen de ser amables, esto es, susceptibles de ser amados por el ser humano. Difícilmente alguien pueda amar una cucaracha o un mosquito, pero es frecuente que los humanos amemos o sintamos simpatía por perros, gatos, caballos, toros, monos, aves y muchas otras criaturas que comparten con nosotros el planeta. Toda agresión contra un ser que puede ser amado por un niño, un anciano, o cualquier hombre y mujer, es una agresión contra la humanidad.

Coco, que sobrevivió con heroísmo a la amputación de sus patas, es un ser muy amable. ¿Lo son los que cometieron la monstruosidad? Nada más que por seguir la especulación filosófica, ¿hasta qué nivel de monstruosidad tienen tales engendros derecho a la vida? Los otros catorce compañeros de martirio de Coco no sobrevivieron: a los que no murieron desangrados les aplicaron la eutanasia para que dejaran de sufrir. "Ponerles una inyección para que se duerman": es un piadoso eufemismo. Pienso que aquellos que amputan patas caninas también deben de sufrir, y mucho, igual que los que ponen bombas lapa o pegan tiros en la nuca: de otro modo no es explicable tanta monstruosidad. ¿También a ellos cabría ponerles inyecciones que los durmieran para que dejen de padecer? (Y de paso dejen de provocar sufrimiento.) ¡Ojo! No pretendo atentar contra la corrección política. No propongo nada; sólo hago especulaciones filosóficas.

Acudo a la filosofía porque son bastantes los filósofos que reclaman un trato de verdad humano para con los animales (permítaseme otra reflexión: la real condición de ser humano se vincula con la capacidad de compadecer: padecer con el otro; de cualquier especie que sean los otros), además de Jesús Mosterín y Santi Mas (que no sé si se considera a sí mismo filósofo, pero sí que es licenciado y, sobre todo, que tiene una inteligencia filosófica de paso, habrá que consignar que es narrador .) También los catedráticos y escritores Norbert Bilbeny y Francisco Fernández Buey. Todos ellos, al igual que Pilar Rahola, Salvador Giner, Rosa Montero, Gemma Lienas, Eva Piquer, y, desde Nueva Delhi, Maneka Gandhi, se han adherido a las campañas en favor de "nuestros parientes en la línea evolutiva" que coordina Santi Mas. No sólo para librar del sufrimiento a perros y gatos; también contra el espectáculo taurino. Por eso es frecuente verlo a Santi frente a la Monumental; no para contemplar cómo alancean y acuchillan toros, sino para que dejen de hacerlo

   
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