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EulàliaSolé
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  Socióloga y escritora.
 
De zorros y de toros
 
Sobre los paralelismos
entre la caza del zorro y las corridas de toros
 
La Vanguardia
26 noviembre 2004

A partir de febrero del 2005, la caza del zorro estará prohibida en Inglaterra y Gales, feudos por antonomasia de esta práctica que se había venido llamando deporte. Así era considerado hasta que algunas personas, y luego muchas, proclamaron que más que un deporte era una crueldad. Después de tres siglos de impunidad por parte de los cazadores y de indefensión por parte de los animales acorralados, las protestas de los abolicionistas llegaron a la Cámara de los Comunes, en enero del 2001. Por 387 votos a favor y 174 en contra, se aprobó la prohibición de la tradicional cacería. Quedaba, no obstante, un escollo por superar: la Cámara de los Lores. Tras casi cuatro años de controversias, y sin que la Cámara Alta haya dado su voto afirmativo, por fin se impondrá la abolición. La voluntad de los comunes prevalecerá sobre la de los lores por el mero y decisivo hecho de que los primeros han sido elegidos democráticamente.

Según algunos observadores, a raíz de esta decisión Blair podría verse perjudicado en las próximas elecciones generales. Opinión sin fundamento, puesto que la inmensa mayoría de votantes jamás ha participado en cacerías de esta ralea.

Una cacería en la que cuenta más la parafernalia de los participantes que la caza en sí, aunque esto último comporte el ensañamiento contra un mamífero.

Para hacerse con el zorro, el master y los monteros llevan chaqueta roja, corbata blanca y gorra de terciopelo. Los cazadores que pertenecen a la categoría siguiente también pueden vestir de rojo, pero su tocado debe consistir en un sombrero de copa. Al resto de participantes les está reservado el traje negro y el sombrero de hongo. Una pompa que se completa con el acompañamiento de jinetes de segunda sobre caballos de relevo para el master y los monteros, de mozos de cuadra y de una jauría compuesta por treinta o cuarenta perros.

El master se encarga de guiar la jauría hacia la dehesa o el sotobosque, donde se supone que los zorros se ocultan. Los ladridos de los perros delatarán que han descubierto su guarida, y entonces el cuerno del montero mayor anuncia la buena nueva.

Un grito especial y compartido, tallyho!, inicia la persecución por parte de perros y de jinetes. Si después de un acoso sin tregua los perros consiguen acorralar al animal y matarlo a dentelladas, el rabo, la cabeza y las patas son entregados como trofeo a los cazadores que el master ha elegido como más competentes. Estilo de recompensa que nos recuerda algo propio de nuestros lares.

Pues bien, tal cacería sangrienta, que nada tiene que ver con el clavar una lanza de antaño o el disparar un tiro de hogaño, dejará de ser vigente en el Reino Unido a partir del año próximo. Los británicos caían en contradicción cuando se horrorizaban ante el ensañamiento que se produce en el ruedo español, pero no criticaban a nivel público la crueldad de sus compatriotas con los zorros. De igual modo, hora es de que aquí, al detestar la carnicería que se llevaba a cabo en el Reino Unido, tome forma un gesto recíproco respecto a las corridas de toros. La abolición por ley llegará cuando la mayor parte de la sociedad tome conciencia del suplicio a que son sometidos los toros en el coso.

 

Antitaurinos
 
Sobre la creciente oposición
a las corridas de toros.
 
La Vanguardia
16 abril 2004

Aunque la oposición a las corridas de toros viene de lejos, el hecho de que una ciudad importante como es Barcelona se haya declarado antitaurina ha reavivado la controversia entre los aficionados a las lidias y los defensores de los animales.

Si bien todos sabemos, más o menos, qué ocurre en la plaza, de tal manera que el toreo despierta sentimientos de repulsa en muchas personas, no es tan conocido lo que sucede el día anterior. Antes de que el toro salga al ruedo, ha permanecido 24 horas con sacos de arena colgados al cuello a fin de que le golpeen los riñones y los testículos para debilitarlo. Habiendo permanecido encerrado a oscuras y después de haberle puesto grasa en los ojos, al salir a la plaza le atemorizan tanto la claridad como el griterío de los espectadores. Pero el toro, además de sufrir ya que posee un sistema nervioso muy desarrollado, es un animal fuerte. Por lo tanto, hay que extenuarle antes de que el torero se enfrente a él. Para ello, el picador le clava una lanza en el lomo con el propósito de que comience a desangrarse. Lo hace montado en un desdichado caballo viejo, al cual se dota de petos para que el público no pueda verle las vísceras cuando el hostigado toro le embiste. Más tarde llegarán los ganchos de metal de las banderillas, la espada de 80 cm de largo, el descabello con una cuchilla de 10 cm, y aun la puntilla, de otros 10 cm. Con los órganos destrozados, el animal muere asfixiado en su propia sangre.

Esa es la historia que se ha repetido durante siglos y que de un tiempo a esta parte recibe crecientes críticas. Igual que las reciben los maltratos a otros animales, como fue el caso de tirar cabras desde un campanario en las fiestas del pueblo. Costumbre que ya ha sido desterrada, a semejanza de otras tradiciones cuya barbarie resulta inconcebible a estas alturas de la civilización.

Esta nueva conciencia es lo que mueve a quienes desean que las corridas de toros desaparezcan de la faz de la tierra. No valen los alegatos de algunos aficionados acusando a quienes se preocupan por los toros de ser indiferentes al padecimiento de los cerdos o los pollos. Quienes respetan a los animales denuncian asimismo el transporte o la crianza que les causan sufrimiento, aunque estén destinados a la alimentación y no al espectáculo.

Aún más delirante resulta que se esgrima la ideología política para explicar una postura u otra. A los animales se los defiende al margen de que sean utilizados o no en una “fiesta nacional”. Triste amparo busca la insensibilidad cuando se blande el nacionalismo español para oponerse al cese de una tradición que ha de fenecer de la misma forma que, afortunadamente, han fenecido otras prácticas crueles y ancestrales. Ni que lo pretenda algún filósofo, no es razonable mezclar conceptos heterogéneos. Los toros son masacrados en cualquier lugar donde haya corridas, y la conciencia que se tiene de ello no está en función de la nacionalidad.

Dejemos que las plazas sean monumentos del pasado y se reconviertan en espacios provechosos limpios de sangre. Que los criadores se reconviertan también, que los toros que nazcan mueran sin saña, que los empresarios se dediquen a otros espectáculos.

   
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